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Terra
La Coctelera

Literatura y Poesía

Quién no espera vencer, ya está vencido.

Categoría: Cuentos

22 Marzo 2010

UN PUERTO LLAMADO LIBERTAD

Queridos amigos (as)

El cuento que hoy someto a vuestra lectura y comentarios, es la tarea de la tertulia del próximo viernes 26 de Marzo. Lo que nos pidió Chely (la directora del grupo) esta vez, fue escribir una historia a partir de un cuadro del que el/la protagonista formara de alguna manera parte. Espero que les guste.

UN PUERTO LLAMADO LIBERTAD

El cuadro se llamaba "Un puerto llamado Libertad", y contenía la clave de su vida, aunque Alma Beatriz vino apenas a comprenderlo en esa tarde de Enero. Se lo regaló Camilo, un mes justo antes de abandonarla, cuando celebraban un aniversario más de los muchos años de feliz noviazgo que llevaban. Era una preciosa marina, con cuatro barcas entrelazadas que flotaban a la orilla de un mar profundamente azul e inconmensurable. Cuatro gaviotas sobrevolaban los botes en un cielo imposible, arrebolado por una gama de amarillos, violeta y naranjas. Maravillada, se vio así misma, a Camilo y a sus padres, los tres seres que más amaba representados en cada barca.

De más está decir que el rompimiento de su noviazgo fue un golpe brutal e inesperado.  Camilo que hacía el internado para graduarse de médico, se enamoró de otra estudiante, bastante coquetona, con muchas millas de experiencia a su favor, independiente y determinada. 

Alma Beatriz no comprendió por qué su mundo perfecto se hizo añicos sin previo aviso, y peor, sin un motivo aparente por su parte.  Venía de una familia unida y muy extensa de seis hijos, dos varones y cuatro mujeres, de los cuales sólo ella y su hermano menor todavía residían con sus padres.  Y aunque ella tenía un trabajo bien pagado, en el área de lo que había estudiado, y edad suficiente como para independizarse, prefirió seguir en la antigua casa paterna, porque además del calor de hogar al que estaba acostumbrada, vivir con ellos le permitía viajar, comer en los restaurantes de moda, vestirse con ropas caras y otros gustos que ella sola no habría podido pagarse. 

Con el naufragio de su noviazgo, el cuadro que Camilo le regaló perdió su encanto y la vida amorosa de Alma Beatriz empezó a ir en declive.  Primero tuvo a Mauricio, un arquitecto, alto, guapo y divertido, que vivía en Estados Unidos. Naturalmente, por la distancia, la relación no prosperó y se quedó apenas en el entusiasmo de unas semanas de vacaciones.  Luego vino un abogado, recién separado, lleno de conflictos sentimentales y sin un peso, al que ella cansada de escucharle quejas le sugirió amablemente buscarse una sicoanalista, que era lo que en realidad necesitaba.  Más adelante fue el Guille..., ah, el Guille, loco, simpático y lleno de plata, lástima que fuera tan feo, feísimo, tanto que la química no funcionó.  Y por fin, conoció a Gustavo, profesional, peligrosamente atractivo, romántico, el único que revivió la pasión que una vez sintió por Camilo.  Pero Gustavo, _ ¿por qué siempre habrá un pero?_ se preguntaba Alma Beatriz con desconsuelo...,  él, que era todo lo que ella anhelaba y era además amigo de su hermano menor y de su familia, tenía una novia en otra ciudad hacía ya muchos años. Y sobre la conciencia de Alma pesó la opinión de los suyos y sus propios escrúpulos, y se dijo que no iba a hacerle a otra lo que a ella le habían hecho y que siempre juzgaría tan despreciable.  Así que renunció a Gustavo, quien no se casó con la novia de toda la vida, sino con otra, y para colmo de ironías, al poco tiempo. 

Luego vino la crisis de empleos, y Alma Beatriz perdió su trabajo, y aunque más tarde consiguió otros, ninguno era tan bien remunerado como el que tenía o dentro de su profesión como publicista.  Para completar sus desgracias, su padre murió de repente y su hermano voló enseguida del nido.  Y entonces, atrás quedó ella, en ese caserón solitario, que a cada instante le recordaba el tiempo que había pasado, y parecía lamentarse y llorar con sus propias pisadas.  Y aunque nada material le faltaba, allí relegada como una sombra, poco a poco se convirtió a los ojos de su familia en la compañera permanente y casi obligada de su madre.  

Por fin, un buen día vendieron la casa y se compraron un apartamento pequeño, pero cómodo, moderno y lleno de luz, en donde el cuadro que Camilo le había regalado recobró de nuevo su magia.  Y muchas veces al pasar por enfrente de él, Alma Beatriz se detenía y lo contemplaba absorta, porque sentía  que la pintura le hablaba cada vez de una forma más insistente.  Y claro, es que a partir de la mudada, la atmósfera en la que ella se desenvolvía era notablemente mejor. Había comenzado un trabajo en ventas, que hasta el momento le gustaba y resultaba satisfactorio, pero en cambio su vida emocional parecía cada vez más estancada.  Sus salidas con personas del sexo opuesto eran ya nulas, e inclusive con otras amistades estaban cada vez más limitadas.  Sin darse cuenta, su diario vivir giraba sólo en torno al cuidado de su madre: Viajes con ella a la peluquería, al médico, a los bancos, paseos con la familia, y así.  Y no era que Alma Beatriz no lo hiciera con gusto, porque ella ciertamente amaba a su madre, pero con excepción de una sola de sus hermanas, Patricia, la única que se brindaba a darle una mano, la actitud de los demás era insultante.  Resentía también el proceder de su madre, que la colocaba en segundo plano si las hermanas mayores caían en una de sus visitas sorpresa y peor si eran los varones los que aparecían porque entonces, ella se volvía invisible a los ojos de su mamá, que era capaz de modificar o abandonar los planes que las dos ya habían hecho para atenderlos. 

 _Total, si a ti te veo todos los días y a ellos no_ le decía.

_Claro, mamá, yo soy la tediosa rutina y los demás son la novedad _ ¿no es verdad?

_Ay! Alma Beatriz, cada vez  te pones más agria _ comentaba alguno de los hermanos.

Pero esa tarde de Enero, en que por una celebración especial toda la familia se hallaba reunida, Alma Beatriz se detuvo ante el cuadro, con la mirada perdida, y para asombro de su madre y de sus hermanos, preguntó en voz alta:

_Bueno, ¿y cuándo será mi turno?

_ ¿Su turno de qué? _ pareció ser también la aterrada pregunta que se hicieron todos, que sin embargo, permanecieron callados, petrificados, y creyeron que Alma Beatriz desvariaba _.  Entonces, el hermano menor rompió el pesado silencio:

_Se lo dije, mamá, que hemos debido desaparecer ese cuadro, porque ella iba a terminar desquiciada por los malos recuerdos _.  Pero Alma Beatriz que había encontrado por fin la respuesta, lo fulminó con la mirada y con voz helada dijo:

_No voy a permitir que me roben mis sueños..., con excepción de Patricia, ninguno de ustedes ha comprendido que soy la hija, pero no la sirvienta ni la esclava de mi mamá. 

Y diciendo esto, se volvió pequeñita a la vista de todos, tan diminuta que pudo trepar al marco del cuadro, e inclinarse hacia la orilla para soltar una por una las amarras de las cuatro barcas.  Al final, se subió en la que quedó más cercana, y se alejó remando, remando con mucha calma hasta perderse decidida y sonriente en el horizonte.     

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2 Marzo 2010

LA DESPEDIDA

Hola mis queridos amigos (as) Cocteleros:

Como les comenté anteriormente las reuniones de mi grupo literario son mensuales ahora, y el viernes pasado tuvimos la del mes de Febrero.  La tarea consistía en escribir un cuento sobre las últimas horas en la tierra de una persona o de un personaje y su encuentro con quien vendría a recibirlo del Más Allá.  Mi contertulia y querida amiga mexicana Mariluz Durazo nos trajo el siguiente cuento, que me pareció tan ingenioso que quiero compartirlo con ustedes, y espero les guste y lo disfruten tanto como nosotros lo hicimos. 

 EL VIEJO

por Mariluz Durazo

Recuerdo el día en que cumplí noventa años, ese día me morí.

Estaba visitando a mis hijos y nietos en Cuernavaca. Me hospedaba en casa de mi hija Magdalena, ella me organizó la fiesta. Vinieron más de cuarenta familiares y amigos a festejarme.  Mi hija, como siempre, se lució con la cena y además me hizo la torta de chocolate que tanto me gusta.

Los invitados me cantaron Las Mañanitas, bastante desentonados pero con muchas ganas. Cuando terminaron, soplé las velas con todas mis fuerzas, y dando gracias que sólo fueran dos: una era un nueve y la otra un cero. ¡No podía creer que nueve décadas se hubieran pasado volando! Cuando vine a ver, ya tenía una copa de tequila frente a mí, y mi hijo Francisco llamaba la atención pegando en su vaso con una cuchara, al mismo tiempo que decía:

-Quiero hacer un brindis por el Viejo, no sólo porque siempre ha sido un padre amoroso, sino también porque con su ejemplo me enseñó que "la verdadera grandeza del hombre se mide por sus principios, sus actos, sus frutos y la coherencia entre todos ellos". ¡Salud por el Viejo!

-¡Salud!-  Dijeron a coro los invitados, mientras yo me inflaba de orgullo y satisfacción por mi hijo.

Mi hija Magdalena no se quiso quedar atrás, y levantando su copa exclamó:

-Yo también quiero brindar, por el mejor padre que me pudo haber tocado. Gracias por todo Viejo, y ¡que nos cumpla muchos años más! ¡Salud!

-¡Salud!-Brindamos todos con la emoción en la garganta.  Acto seguido, alguien le subió el volumen  a la música y se armó la fiesta en grande.  Yo comí, bebí, e hice todo lo prohibido por el doctor. ¡Hasta bailé reggaetón con mis nietas!

Pasada la media noche, mi festejado cuerpo decidió que no podía más, y me despedí de todos muy cariñosamente. Los viejos nos despedimos con el corazón en la mano, porque sabemos que puede ser la última vez.

Mi hija me acompañó al estudio que me adaptaban como habitación, cuando venía a visitarlos a Cuernavaca. Me quité la ropa, con la lentitud propia de mi edad,  la deposité sobre la silla, me puse la pijama y me lavé los dientes.  Me metí entre las cobijas de la cama "Murphy" que habían tendido para mí. Para los que no sepan, las camas "Murphy" son las que están empotradas en la pared. Son como un armario, y cuando se abren, un resorte hace que baje la cama. Magdalena pasó a despedirse, y como todas las noches, me trajo mi vaso de agua.

-¿Todo bien Viejo?-  Me preguntó en su tono tierno,  mientras me ayudaba a taparme con las cobijas.

-Si, gracias-respondí-estoy rendido.

-Te voy a cerrar la puerta-advirtió-, si no, no te vamos a dejar dormir, porque esto va para largo.

-Buenas noches-balbuceé, mientras ella salía.

Transcurrieron aproximadamente dos minutos antes de que estuviera profundamente sumergido en el caldo del sueño. Mientras tanto, la fiesta seguía a todo vapor. Grandes y chicos bailaban y disfrutaban en mi honor.

De repente, entre sueños, me quise cambiar de postura, y parece que acerqué demasiado la cabeza al extremo de la cama donde está el resorte, el caso es que la cama reaccionó y se cerró automáticamente en el closet. Conmigo adentro, obviamente.

Semejante golpazo me sacudió bruscamente de los brazos de Morfeo.  Sentí como si me hubieran lanzado con una honda. El pánico se apoderó de mí, e instintivamente comencé a gritar con todas mis fuerzas:

-¡Auxilio! ¡Ayúdenme! ¡Francisco! ¡Magdalena!

Pero mis gritos estaban muy lejos de llegar a oídos de nadie. En cambio, yo podía escuchar como ellos cantaban a todo pulmón:

"Borreguito como tú, como tú, que no sabe ni la U, ni la U..."

Lentamente, el dolor fue sustituyendo al susto. Mi cuerpo estaba prensado con los fierros de la cama. Sabía que mis heridas eran profundas, porque el dolor venía desde muy adentro. También sabía que mi cabeza sangraba, pues tenía una sensación húmeda y caliente en la parte superior del cráneo.

Me puse a rezar un rato, y cuando acumulé nuevas fuerzas, volví a gritar con toda mi alma:

-¡Ayúdenme!  ¡Por favor! ¡Socorro!

Cerré mi puño derecho y, con un gran esfuerzo, comencé a dar golpes en la madera del mueble de la cama, pero lo único que logré fue que se fundieran con el ritmo de la música y los taconazos:

"Dale a tu cuerpo alegría Macarena, que tu cuerpo es pa' darle alegría y cosa buena..."

El pánico comenzó a apoderarse poco a poco de mí.  Volvía a gritar, volvía a pegar, pero todo era en vano. Cada vez estaba más débil y más desesperado. Hasta que exploté y comencé a desvariar:

-¡Carajo, me lleva la chingada! ¡Como es posible que me vaya a morir así! ¡Esto no es justo! ¡Dios mío, no seas jodido y ayúdame!

Para mi sorpresa, escuché una voz que me contestaba, pero lo raro es que no la escuchaba por los oídos, el sonido entraba directamente a mi cabeza.

-A ver, a ver, a ver, yo generalmente me quedo callado, y dejo que las cosas caigan por su propio peso, pero esto si que es el colmo.

Me cayó como baldazo de agua fría y comencé a temblar, ahora si que la cosa estaba grave.

-¿Diosito?-dije tímidamente -yo sabía que oirías mis plegarias. ¡Ayúdame por favor!

-No, no, no...yo nada más vine a aclarar una cosa, eso de "no seas jodido" no se vale.

-Ay Diosito pero...

-Déjame terminar. Yo sé que a tu edad la memoria es escasa, pero haz un esfuerzo y recuerda: ¿Qué es lo que me has pedido todas las noches por los últimos diez años?

-No sé, muchas cosas -. Estaba tan nervioso que no me podía acordar de nada.

-Yo te voy a decir qué, porque me lo has repetido hasta el cansancio:

Número uno: Bienestar para tu familia, te lo concedí.

Número dos: Salud, te la concedí.

Número tres, y estas son tus palabras textuales: Quiero que la muerte me sorprenda de noche, en la cama, mientras duermo, sin molestar a nadie. ¿O no?

-Bueno si, pero...

-Yo solo quiero aclarar para que no haya malos entendidos, luego por eso mi credibilidad anda por los suelos, y por eso estamos, como estamos...

-Está bien, está bien-dije resignado, para después preguntar - ¿Me voy a ir al infierno?

-No hombre, el infierno no existe, es una de las estrategias de mercadotecnia del Vaticano. No te preocupes. Nos vamos a ver más tarde.

Ahora ya sabía lo que estaba pasando, ¡me iba a morir!

Me fui conformando poco a poco, al fin y al cabo ya había escuchado a Dios. Entonces le di gracias por haberme concedido una vida plena, larga y llena de bendiciones.

Fui perdiendo el conocimiento lentamente, ya no sentía dolor. Mi mente se sumergió en un sueño profundo. Era como si se proyectaran en una película los momentos que más me habían  marcado en la vida: Cuando estuve en el ejército en España; cuando tuve que matar a un hombre por la espalda para poder huir del campo de concentración; cuando mi hermana Lourdes se fue de monja para dar gracias de que no me mataron en la guerra; cuando conocí a Pilar y me enamoré de sus ojos en la primera mirada; cuando derramé lágrimas de alegría en el nacimiento de mis dos hijos; cuando Dios se llevó a la Pilarica y yo me perdí en el alcohol tratando de exorcizar la pena.  Mientras más escenas pasaban por mi mente, más ligero me sentía.  Hasta que comencé a flotar, estaba suspendido en el espacio, avanzaba por un túnel muy largo con una luz que crecía hacia el final, y que me atraía deliciosamente.  A lo lejos se escuchaban las voces de mis hijos llamándome, las de los paramédicos desesperados tratando de resucitarme, pero yo sólo quería iluminarme con esa luz. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude ver a mi querida Pilarica del otro lado, esperándome como quien va a recibir un pan después de no comer en días. A partir de aquí todo es amor, felicidad y eternidad.

Reciban el consejo de un viejo que vivió mucho: disfruten la vida y no le teman a la muerte, porque es muy placentero para el que se va; y no te vas a ir si no te toca.

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19 Noviembre 2009

REMEMBRANZAS ERÓTICAS DE UN BREVE ROMANCE

Queridos amigos:  Hoy, 19 de Noviembre celebramos 27 años de nuestra boda y hasta el momento, feliz vida matrimonial.  Ante todo, les aclaro que ni la foto ni el artículo que publico hoy, por cierto un poco lanzado, tienen algo qué ver con la fecha y el acontecimiento que festejamos.  Simplemente, cumplo con el requerimiento de mi profesora de Creación Literaria y les obsequio este cuento, que es una remembranza de lo ocurrido entre Margarita Casanova y Robertico Caspa, los protagonistas de mi historia anterior:  "Un Amor Breve".  Confío en que también éste les guste y espero vuestros comentarios con la misma ilusión y entusiasmo de siempre.  

REMEMBRANZAS ERÓTICAS DE UN AMOR BREVE

 Margarita Casanova inclinó la cabeza y soslayó la mirada de Bárbara, su amiga y confidente de muchos años.  Incómoda, notó que ella, una de las abogadas de la oficina que la defendía, la observaba perpleja, con obstinada fijeza, como si la analizara en detalle, o peor, como si no la hubiera visto jamás.

 Margarita tenía los ojos rojos e hinchados de tanto como había llorado durante esa semana de pesadilla en la que comenzó el juicio en su contra.  Se hallaba sentada frente a Bárbara, y ellas, que nunca agotaban los temas cuando se juntaban, permanecían en esta ocasión en un tenso y exasperante silencio.  Y es que la abogada se rompía la cabeza al tratar de dilucidar por qué rayos una señora sociable y aplomada como su amiga, de naturaleza apacible e inofensiva, incapaz de matar un zancudo, hubiera llegado a sus 70 años al extremo inconcebible de eliminar de un balazo a otro ser humano.

 -Tal vez si me dieras detalles más específicos de lo que sucedió ese 28 de Diciembre en tu casa con Robertico Caspa, podríamos mejorar tu defensa, le dijo por fin Bárbara en un tono confidencial.  Esta vez Margarita no rehuyó su mirada.  Por unos instantes pareció que meditaba una respuesta.  -Sabes bien, querida Bárbara, que para una persona de mi edad y educación, hay detalles que por pudor son imposibles de describir públicamente en una corte, dijo la dama con suavidad.  Luego recostó la cabeza en el respaldar de la silla, se desmadejó en ella, y con los ojos entrecerrados empezó a recordar.

Esa noche, como ya declaré, cuando llegamos a mi casa, Robertico me pidió que pusiera música suave y bajara un poco las luces.  Bebimos algunas copas, y muy juntos y entrelazados bailamos un rato más.  Luego, yo me senté en la mecedora y él seductor vino a sentarse a mi lado.  Se quitó el antifaz de su disfraz de zorro, y me tomó por los hombros con dulzura, mientras hundía su cabeza en mi cuello para aspirar mi perfume, y la bajaba lentamente hasta los límites de mi escote.  Me estremecí cuando su boca me rozó suavemente, y hábil descorrió con sus dientes mi blusa en busca de mis pechos, que liberados brotaron inquietos, dos pichones desorientados, que se tornaron túrgidos y palpitantes al contacto húmedo de sus labios, mientras sus manos levantaban con avidez la falda de mi disfraz de colombina, y sus dedos ágiles y atrevidos me acariciaban y exploraban entre mis piernas hasta perderse en mi sexo, y llevarme hasta la locura.

Estaba embriagada, enajenada, trastornada por el inmenso placer que experimentaba.  Deseé que Robertico me poseyera sin compasión y hasta el agotamiento.  Imaginé que su falo de bronce me penetraba, me desgarraba hasta las entrañas y que me hacía gritar hasta hacerme perder el sentido.  Afiebrada, anhelé que el placer y el dolor danzaran cómplices, entremezclados y al unísono.  Antes, era un volcán dormido cubierto de cenizas, y ahora él me había transformado en una montaña rugiente, llena de fuego y lava y a punto de hacer erupción.  Fue entonces en aquel momento cuando Robertico Caspa gritó: FELIZ DÍA DE LOS INOCENTES y toda la magia del sueño se disipó y convirtió en pesadilla. 

Margarita abrió los ojos y Bárbara vio reflejado en ellos todo el horror de la burla y del engaño y el peso abrumador de la desilusión, y comprendió claramente el móvil del crimen, y la  profundidad del drama de su cliente y amiga.    

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1 Noviembre 2009

ALUMBRAMIENTO

 

"En algún momento fui una semilla, que la lluvia regó con sus lágrimas y el sol acarició para que despertara a la vida.  Germiné en las entrañas de una Ceiba, de tronco muy joven.  Asomé como una hojita tímida, y cada mañana  bebí el rocío que el sol me dejaba, y muy pronto me convertí en flor, y de flor me transformé en fruto, y crecí y crecí hasta avasallar al árbol que incapaz de soportar mi peso, dejó que el viento estremeciera sus ramas para liberarse por fin de su pesada carga."   Madeleine

 ALUMBRAMIENTO

Soy el doctor Garcés y he sido el obstetra durante la mayor parte del embarazo de la joven a punto de dar a luz por primera vez.  Llegué a la casa alrededor de las 4 de la madrugada para responder a la llamada de alarma, y casi me tropecé a boca de jarro con el doctor Díaz. Habíamos acordado que él sería mi sustituto en caso de que el alumbramiento se acelerara y yo no pudiera estar presente.  Me sorprendió su presencia y pensé que había habido una mala comunicación.  Más tarde supe que Díaz y yo no habíamos sido convocados al mismo tiempo por error.  La futura madre llevaba ya varios días en intensa labor, y aunque el parto parecía inminente, su sufrimiento se prolongaba sin resultado.  Esa madrugada  los dolores se hicieron tan insoportables y sus lamentos tan lastimosos, que la madre de ella se desesperó.  Su hija lucía como un animalito apaleado y sin embargo su yerno se negaba a "importunar" al doctor, se había dicho  disgustada.  Por fin, el dolor se hizo tan incontrolable que el marido también asustado resolvió llamarme. Ignoraba que para entonces su suegra le había dado aviso al doctor Díaz.  "Esto ya es una tortura. Y no es a mi yerno ni es a los médicos a quienes les duele" había dictaminado, doña María.      

El ambiente en la casa era de agitación a pesar de la hora.  Una cálida brisa soplaba a través de las ventanas abiertas.  La familia entera se hallaba de pie, listos todos a dar la batalla junto con la madre en ciernes.  El marido me recibió sonriente y en apariencia tan sereno como acostumbraba. Sin embargo, percibí una nota de profundo alivio en su saludo agradecido, que delataba a las claras su nerviosismo.  La suegra con expresión preocupada y evidentes muestras de cansancio en el rostro se movía afanosa de la habitación a la cocina para calmar a la hija e impartir órdenes a las dos niñeras, que diligentes hervían agua y doblaban una pila de toallas blancas, inmaculadas.  Una niñita como de 6 años, hija de la hermana mayor de la parturienta, observaba el trajín de los adultos con expresión confusa y somnolienta.  Bostezaba de cuando en cuando y se chupaba el pulgar, aferrada a su muñeca y a las enaguas de la abuela o de alguna de las nanas cuando éstas pasaban por su lado. Todas la zafaban con suavidad.  "Qué haces levantada a estas horas, niña..., estás que te caes de sueño, vete a dormir, no ves que estamos ocupadas?", le dijo una de ellas impaciente.  Pero la nena, que obstinada, luchaba por mantener los ojos abiertos, se encogió apenas de hombros e ignoró la orden.  Era obvio que no deseaba perderse pie ni pisada de cualquier cosa que ocurriera.

Entramos a la habitación principal escoltados por el marido.  La joven esposa se hallaba rendida en la cama con la cabeza reclinada sobre las mullidas almohadas de fundas blancas. Su madre, solícita, le limpiaba el sudor que le empapaba la frente.  - Ya están aquí los médicos..., ves? tienes dos a falta de uno, le observó con tono satisfecho y tranquilizador mientras hacía ademán de incorporarse, y miraba a su yerno con ojos de reproche.  La joven nos sonrió débilmente, parecía una niña asustada metida en un terrible aprieto.  Yo la tomé de las manos y le dije con voz segura, que infundía confianza: -Tranquila, todo irá bien.  Doña María tiene razón..., ya estamos aquí para ayudarte.  El marido tomó el lugar que su suegra había dejado, y acarició a su mujer con ternura. 

Terminábamos de prepararnos cuando unos golpes urgentes en la puerta del pasillo que conducía al baño, y la voz angustiada de doña María anunció que su hija ya había roto la fuente.  Entonces la agitación alcanzó tal punto de descontrol que las escenas se sucedían como una comedia o un cuento de tiras cómicas.  Todas, la suegra, las nanas y la sobrina revoloteaban por la habitación como mariposas alocadas alrededor de la parturienta que lloraba desconsolada.  Sentí que había llegado el momento de hacerme cargo de la situación y con amabilidad pero con firmeza saqué a Doña María de la alcoba, y con ella en racimo a la nieta colgada a su falda y a las confundidas nanas.  Sólo permaneció el marido que a no ser por su palidez, trajeado como estaba ahora con las mismas ropas que usábamos nosotros para atender el parto, inclusive yo hubiera apostado que se trataba de un tercer médico.

El alumbramiento fue breve y sin dificultad, y en esos momentos la joven madre pareció transformarse.  Todo su temor, sus lágrimas y sus quejidos se desvanecieron como por ensalmo.  Dio tres o cuatro pujos intensos y el llanto de su hija recién nacida tan persistente como el suyo antes, inundó la estancia y nos taladró los oídos.  La madre era ahora una rosa pálida y desmayada sobre una sábana de nieve manchada de carmesí.  Con rapidez y eficacia cortamos el cordón umbilical y lavamos y envolvimos a la recién nacida, que sólo dejó de llorar cuando la depositamos en los brazos de su feliz y recién estrenado padre, que conmovido la contempló por unos instantes y luego tembloroso la puso en el seno de su mujer.  Es un niño? Preguntó ella aún con los ojos entrecerrados.  No, dijo él con la voz queda y la respiración entrecortada, es una niña.  Ella permaneció inmóvil y guardó silencio por un breve espacio de tiempo.  La tensión del padre aumentó,  y a mí se me antojó que hasta la bebita parecía expectante. Entonces, luego de unos segundos que parecieron eternos, la madre abrió los ojos y la tomó.  Un río de lágrimas afloró en sus ojos al contacto con la bebita.  Una niña, repitió con asombro y la dí a luz yo solita! exclamó ahora regocijada.  Los tres hombres nos miramos, como para digerir la observación y soltamos al unísono una carcajada.  Entonces el doctor Díaz abrió intempestivamente la puerta de la habitación, y la suegra, las nanas, la sobrinita y su muñeca, todas se derrumbaron hacia dentro como fichas de dominó.          

 Nota:  Es un cuento que nos pidieron para el taller de Literatura y que por tener para mí un significado especial le dedico a todas las madres primerizas, a las que ya son y a aquellas que pronto tendrán la dicha de serlo.

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25 Octubre 2009

UN AMOR BREVE

 Margarita Casanova se puso de pie y avanzó tímida hacia el estrado para rendir su declaración.  La sala de la Corte de bote en bote daba una idea clara de lo sonado de su caso. Un murmullo se elevó a sus espaldas y provocó una mirada severa del juez sobre la audiencia, que enmudeció cuando el magistrado solícito, golpeó con su martillo la mesa y pidió orden.

 Margarita era una mujer bajita, menuda, de rostro ovalado de porcelana y ojos oscuros y expresivos.  Tenía el cabello corto salpicado con profusión de canas y su vestido blanco, impecable, acentuaba su apariencia nívea, casi transparente y  angelical.  Aunque aparentaba ser menor, tenía ya 70 años cumplidos, de los cuales cuarenta habían sido de feliz matrimonio y diez de "amarga viudez", según afirmaba. Claro, cuando digo "feliz matrimonio" me refiero a la felicidad de ella que era la que en realidad importaba, y en modo alguno hablo de la del difunto marido sobre la que amistades cercanas y conocidos tuvieron siempre fundadas dudas.

 El interrogatorio empezó y el abogado defensor le pidió que contara en sus propias palabras lo que había sucedido.

Margarita aspiró profundamente y relató: Robertico Caspa y yo nos conocimos el 28 de Diciembre del año pasado en una fiesta de disfraces. Yo estaba graciosísima, con mi disfraz de colombina, y él, figúrese usted, un hombre de apenas 35 años, lucía muy atractivo disfrazado de zorro, y pareció fascinado cuando me vio.  Enseguida me enlazó con su fusta, bebimos champán y nos miramos a los ojos y bailamos apretaditos por unas horas. Más tarde cenamos, intercambiamos opiniones sobre la vida y sus altibajos, bromeamos, reímos hasta desternillarnos, y por fin como la noche aún era larga y se presentaba muy agradable lo invité a que viniera a mi casa a tomarnos otra copa, y él aceptó encantado.  Una vez allí, él me pidió que pusiera música suave, y yo accedí emocionada.  Luego me senté en la mecedora de mi terraza, y le ofrecí una de las sillas al pie de la hamaca, pero él la rechazó y vino a sentarse a mi lado.  Yo me sentía lo mismo que novia virgen en vísperas de su noche de bodas..., observó la señora un tantito ruborizada y entornando los ojos.

 En este punto del relato el abogado defensor hizo ademán de intervenir, y la testigo sonrió con amabilidad y le cedió la palabra.   - Señora Casanova, díganos si había visto usted al señor Caspa, al menos de lejos, antes de esa noche.  Margarita, suspiró y contestó con aire de mujer indefensa: No señor, ya dije que nos conocimos el 28 de Diciembre y que él se mostró bastante amigable.

 El abogado defensor prosiguió: Entendido. ¿Qué sucedió después de que él se sentó junto a usted?  - Bueno, dijo la declarante roja como una amapola, él me acarició las piernas...  El abogado defensor saltó: -¿Y usted señora Casanova, naturalmente, lo rechazó, verdad?  Margarita bajó los ojos y con un hilo de voz contestó: -No, señor, yo no lo rechacé.  -Ajá, exclamó el defensor, con aire confuso, ¿y por qué no lo detuvo?   La señora tartamudeó un poco y dijo: -Bueno, la verdad es que me sentía muy bien, nadie me había acariciado desde que mi esposo murió hace 10 años.  El abogado asintió comprensivo.  -¿qué sucedió después? Preguntó.  Margarita ahora pálida, a punto de desmayarse respondió: Me acarició los senos...  -Ajá, repitió el abogado, agitado, ¿y usted señora lo detuvo entonces?  - Por supuesto, que no, yo no lo detuve.  -¿Por qué? De nuevo inquirió el abogado asombrado.  - Bueno, respondió la declarante casi en un éxtasis, como si rememorara la escena: Porque sus caricias me hicieron sentir nuevamente viva y muy excitada.  Ya le dije que no me había sentido así en muchos años...   Sí, dijo el abogado, es cierto que ya nos lo dijo.  ¿Qué sucedió después?   -Bueno, dijo Margarita, usted verá..., yo caí en una especie de trance.  No sabía ya a que atribuirlo, no estaba segura si él me había dado algo en la bebida, si era el perfume de la noche que me hacía sentir embriagada o era como le digo, la emoción de sus caricias y la cercanía de su aliento en mi cuello.  El caso es que yo irracionalmente excitada, conmocionada, fuera de mí, le rogué: ¡Hazme tuya, Robertico, tómame chiquillo travieso, hazme el amorrrr!!! Exclamó la señora apasionada, salida del plato, al evocar esos momentos de total descontrol.  Entonces el abogado defensor asintió y corroboró: ¿Y claro, entonces él la tomó y le hizo el amor, verdad? 

La mirada de Margarita se tornó afilada, dura, como cuchillo de pedernal, y una mueca de dolor le desfiguró la cara y esfumó su halo de indefensión.  -No, dijo con voz ronca y con profundo rencor: No me hizo el amor..., el desgraciado del Caspa resultó ser una caspa.  Sólo gritó: ¡FELIZ DÍA DE LOS INOCENTES!!! 

 ¡Y fue allí mismo cuando le disparé y lo maté!!!  Añadió en un sollozo.    

BIENVENIDOS VUESTROS COMENTARIOS.

NOTA IMPORTANTE:  Este cuento lo he elaborado para el taller de Literatura, basada en un chiste que una amiga me contó.   La tarea es sobre una historia de "amor" rápida y sorprendente.  Confío en que les haya gustado la adaptación.

 

 

            

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13 Octubre 2009

CAZADORES "CASADOS"

 

 

Queridos amigos:  Para vuestra consideración, aquí va otro de los cuentos que he hecho para el taller de Literatura.

 CAZADORES "CASADOS"

 El ulular del viento por entre los árboles o algo parecido a un murmullo de voces, me obligó a salir de la inconsciencia.  Abrí los ojos con lentitud, y me dí cuenta que estaba completamente desnudo en una cama y en una habitación cerrada y oscura, que no eran las mías. Cuando mis ojos se acostumbraron un poco más a las tinieblas, pensé, a juzgar por las paredes de la amplia estancia, que me hallaba en una casa rústica, tal vez en una cabaña.  Tenía lagunas mentales, las sienes me repicaban punzantes y la cabeza me dolía como si hubiera recibido un mazazo.  Sentía además, la lengua pastosa y un sabor inconfundible en la boca.  Supe, entonces, que había bebido y tenido sexo en exceso, como acostumbraba.  

Me quedé inmóvil porque noté algo o alguien cerca de mí.  En el marasmo brumoso que atravesaba, no sabía si soñaba, si tenía una pesadilla o había sufrido un accidente en medio de una de mis frecuentes borracheras.  Busqué a tientas una lamparita de mesa y encendí la luz, y entonces la vi.  Allí estaba ella, de pie, descalza, con la oscura melena suelta y una toalla anudada alrededor de su cuerpo, como si fuera una escultura, como si se tratara de un espejismo.  Me miraba estática con un brillo extraño en sus ojos, sin decir nada. De repente giró sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta en el mismo instante en que ésta se abrió y se coló por allí el vendaval arrasador de mi desventura.  Atónito, paralizado por el horror, comprendí mi miseria de un golpe.  Lo que vivía en esos momentos no era sueño o ficción, sólo la más inimaginable de las pesadillas.  Tuve el pleno convencimiento de que pronto estaría muerto, y lo peor, que iban a sepultarme literalmente vivo.  Vencido, cerré de nuevo los ojos, y dejé caer la cabeza sobre la almohada sin aliento para levantarme.  Y tal como afirman aquéllos que se han topado con la cara de la muerte muy cerca,  pasó ante mis ojos con la rapidez de un rayo, la película entera de mi propia vida y su macabro final.

 Alex Fortuny, el dueño de un influyente periódico de la ciudad, y yo, Julio César Náder, excelso senador, a un paso de ser nombrado gobernador del Estado teníamos muchas características comunes:  Ambos éramos hombres de éxito, duros y curtidos por la experiencia, contemporáneos en edad y con carreras brillantes, hechas a pulso, y no caíamos en sentimentalismos ni titubeos ni nos temblaba la mano para hacer trizas a los enemigos.  Claro, que yo era más solapado, digamos que actuaba con más elegancia, con más encanto.  Y a pesar de las semejanzas fuimos siempre, sin una razón precisa, enconados rivales, que habíamos jurado hundirnos.   

Nuestras vidas marcharon siempre paralelas, y sólo coincidieron, cosa irónica, por la mujer que ahondó aún más nuestras rivalidades, la única que verdaderamente los dos deseábamos y con la cual estábamos empecinados.  Ella era Vanessa Ashe, una periodista inteligente y experimentada, que trabajaba hacía un par de años para su periódico, ahora ex amante de él, y para mí inalcanzable hasta hacía sólo unos meses.  

Fortuny, un hombre obsesionado con su maldito deseo de destapar "ollas podridas" a toda costa, tenía una personalidad bastante difícil. Se había casado tres veces, y su tercer matrimonio había estado a punto de naufragar por culpa de la periodista. 

Yo, en cambio, me había casado sólo una vez, con la novia de mi juventud, Melanie, una rubia preciosa, pero frígida y malcriada, como suele ser la prole de millonarios.  Teníamos dos hijas de 13 y 15 años, y proyectábamos al mundo, la imagen dorada de la familia ideal con la que muchos soñaban. Las malas lenguas, entre ellas la de Fortuny, decían que era sobre todo el dinero de mi mujer y mi ambición desmedida lo que había contribuido a impulsar mi carrera política. En parte era verdad, como era también que yo había ascendido los empinados escalones hacia la gloria, hasta llegar al punto donde me hallaba, sólo a un tilín de la cúspide, a base de consagración, esfuerzo y tenacidad.  Pero aunque mis andanzas de mujeriego y bebedor eran un secreto a voces, a menudo mi poderoso suegro me sacaba de apuros. Mi esposa, naturalmente, miraba hacia el otro lado.  Tenía el convencimiento de que a pesar de mis devaneos y aventuras pasajeras, yo era hombre de una sola mujer.  Y hasta el momento no se equivocaba. 

Conocí a Vanessa mucho antes de que Alex Fortuny lo hiciera.  Es decir, antes de que ella empezara a trabajar en su periódico.  La admiré como la hembra de ojos y cuerpo felino que era, y me asombró su habilidad para mantener a raya a cierta clase de hombres, ésa a la que yo pertenezco.  También me impresionó su inteligencia y su sagacidad como periodista.  Entonces, me obsesioné con poseerla.  Pero, Vanessa resultó para mí un hueso muy duro de roer.  Ella tenía la habilidad de convertir en enanos el ánimo de los gigantes.  Hacía caso omiso de mis galanteos, y me desconcertaba con sus extremados cambios de actitud, que iban del genuino interés a la displicencia.  Nunca logré ponerla de mi lado.  Mi frustración alcanzó su límite, cuando al poco tiempo de trabajar con Fortuny se murmuró, primero en un tono bajo, los frecuentes encuentros de la pareja en una casa que ella tenía en medio de naranjales, adonde acostumbraba aislarse durante el fin de semana, indistintamente a trabajar o a descansar.  Luego, ya se gritaba a voz en cuello en los círculos de los que éramos asiduos, que ella era la amante de mi odiado y poderoso rival.  La guerra pues ya era oficial, y nos arrojábamos lodo a diestra y siniestra sin detenernos a meditar a quién salpicábamos en la refriega.

Pero este último año todo iba perfecto. Los dioses sin duda me sonrieron, y mi nominación a gobernador del Estado fue bastante fácil.  Y aunque hubo complicaciones durante la campaña, capeamos con destreza los temporales y la elección era ya casi un hecho.  Por otra parte, los amores de Vanessa y Fortuny adquirieron un cariz tormentoso, gracias a mí. Yo no desperdiciaba ocasión para criticar en público su flagrante adulterio, y aunque el resentimiento y la furia del periodista iban en aumento, al final, presionado por su mujer que lo amenazó con un divorcio sangriento, tuvo que claudicar. Prefirió, entonces, desairar a su amante y cortar la relación por lo sano.  Y claro, allí estaba yo, oportuno y solícito para consolar a Vanessa, de quien se rumoraba que estaba desolada por el amargo rompimiento, y que sin embargo, para mi sorpresa me aceptó de muy buen talante.  Vivimos tres meses en que ella me hizo sentir en una nube, aunque tuvimos cuidados extremos para no despertar sospechas en nadie.  No queríamos tropezar con el despecho y la rabia de un hombre como Fortuny. 

A mi estrenado romance se le agregaba otro aliciente: Vanessa me prometía con voz segura y calmada, que ella pondría no sólo a Fortuny sino a todo su elenco de periodistas oportunamente a mis pies..., y debo decir que lo cumplió al pie de la letra: Una voz anónima citó a mi mujer y a mi suegro a una reunión, y tuvo el delicado detalle de invitar también a Fortuny y a su grupo de reporteros y mencionar el atractivo de una primicia!  Todos fueron convocados puntualmente un sábado a las once de la noche a una extraña "conferencia de prensa" que se celebraría en una casa situada en medio de naranjales, un lugar demasiado familiar para Fortuny, que por nada se hubiera perdido un compromiso tan intrigante.  Nadie faltó a la cita.

Abrí los ojos de nuevo con la esperanza de que lo que ocurría a mi alrededor fuera una alucinación, pero los flashes de las cámaras fotográficas tan potentes como las llamaradas que despedían los ojos de Melanie y de mi suegro, una mezcla de rabia y consternación, y los de mi archi rival de odio y placer, me cegaron por completo y confirmaron la cruel realidad.  Un momento después, vi a Vanessa, que ya vestida, sonreía serena y muy satisfecha: Había complacido a los dos eternos rivales, y  les había dado lo que buscaban: La única mujer que ambos deseaban y a cada uno de ellos, a su modo, la cabeza de su rival.

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28 Septiembre 2009

El collar del perro espía

Este cuento ha sido otro de los proyectos que nos pidieron para el taller de Literatura, y se lo dedico a Terry, un perro labrador, y por supuesto, a su dueño, que me lo inspiró cuando me contó una anécdota de su fiel compañero.   Ojo, queridos amigos, que quien narra la historia es el COLLAR.  Espero que les guste.

EL COLLAR DEL PERRO ESPÍA

Siempre fuimos un trío: un hombre, un perro y su collar, que aparte de ser inseparables, no teníamos otra característica notoria que llamara la atención. Sin embargo, no éramos un trío usual. El amo era un espía que creaba poemas eróticos para las muchas mujeres con las que compartía su cama. El perro también era espía, y además de poseer un sexto sentido, hablaba. Esto, les aseguro que no es ficción, porque yo mismo era su voz.

 Sí, soy un collar de perro, pero no un collar cualquiera.  Charles Bond, un afamado espía británico, "Charlie" para sus íntimos, me mandó a fabricar para Trueno, su flamante y fiel acompañante, un Labrador de pelo chocolate y patas ligeras, el animal más inteligente que he conocido.  No quiero parecer presuntuoso, cuando insisto en que fui hecho de cuero muy fino, con sumo cuidado y detalles, aunque ya estoy desgastado por el uso y el trajín del tiempo.  Aún conservo los tachones de plata con que me adornaron que refulgían como diamantes, pero cuyo valor radicaba solo en su extrema sensibilidad.  Eran micrograbadoras de diseño tan impecable, que captaban hasta los murmullos y que rara vez suscitaron sospechas.    

 

Los tres viajábamos de un lugar a otro, y asistíamos a congresos con presidentes, jefes de gobierno, líderes mundiales, jeques árabes e intercambiábamos información clave con nuestros numerosos contactos. Parece insólito, pero teníamos acceso a las Embajadas de muchos países, e inclusive a la Casa Blanca.  En algunas partes la admisión no era fácil, nos hacían preguntas y chequeos rigurosos, y solo tras largas explicaciones, nos permitían la entrada.  Sorteábamos peligros y apuros inimaginables, pero en general, hasta para las mentes más suspicaces era difícil sospechar que ese can bondadoso y apacible, que se echaba en las reuniones a los pies de su amo, podía relatar con minuciosos detalles todo lo que allí se hablaba.

Mi único amor ha sido Trueno. Yo, en las cosas del querer no soy experto, como lo son Charlie y él, pero me siento muy orgulloso de haber vivido en su compañía y compartido sus aventuras.  Solo deseo que cuando Trueno muera me entierren con él, lo mismo que hacían los egipcios con las mujeres cuando el faraón moría.

Mi dueño me lleva al cuello desde que tenía dos años, y allí sigo luego de diez, pegado a su piel como una lapa para identificar sus señas. Es que Trueno aún conserva rasgos de su intrépida profesión, y aunque ahora camina con aire fatigado y solo persigue mariposas, se resiste a aceptar que es un vejete retirado. Durante la primavera, a menudo se escapa en mi compañía, y al contacto del aire fresco recupera los bríos de sus años mozos.  Corre libre por la campiña, y yo, confiado y fiel, galopo abrazado a su cuello.   Al pie de la ladera toma un poco de aliento, y luego trepa jadeante hasta llegar a la cima. Una vez allí, nos deslizamos veloces al impulso del viento. Claro, es nuestro ritual, siempre y cuando no llueva.       

 

Vivimos en un pueblo pequeño del país de Gales, en una casa preciosa, rodeada de jardines, situada en un campo verde, que en la primavera se llena de flores fragantes y coloridas. 

Es un lugar algo aislado, hay pocas viviendas en el vecindario.  La casa fue un regalo de Charlie a su querida Candy, nuestra nueva ama hace ya cinco años.  Siempre soñaron con retirarse allí. Charlie tenía cuarenta y cinco años cuando se conocieron en el apogeo de sus respectivas carreras. Ella una norteamericana de treinta y cinco, tenía ya en su haber una colección versátil e interesantísima de amantes. Los prefería casados, pues solían ser los más discretos. "No deseo compromisos, afirmaba, necesito espacio para mí", cuentan que decía.

Candy tenía una personalidad muy atrayente y un físico espléndido, a pesar de los años de fatigosa experiencia y el tantito de vapuleo que implicaba su ritmo de vida.  Imagino que fue lo que cautivó a Charlie. También, Trueno y yo nos enamoramos de ella desde la primera vez que la vimos.  Nos gustaba su olor a flores, su risa fácil y el brillo que iluminaba su mirada cuando estaba con nuestro amo. 

 

Antes de conocer a Charlie, Candy cobraba por el privilegio de su compañía.  Sin embargo, cosa curiosa, no se consideraba una prostituta. Jamás aceptaba dinero contante y sonante por tener sexo. Le hubiera parecido una terrible ofensa.

"No, no soy una mujer fácil", decía oronda. Y la verdad, no lo era. Quienes aspiraban al disfrute de sus afrodisíacas delicias eran seleccionados con atención, y pese a ser hombres poderosos y cultos, de refinados modales y con cuentas bancarias de ocho dígitos, pasaban por meses de larga espera. Presumo que era como ganarse el premio mayor o un trofeo de grandes ligas. Cuando por fin tenían acceso exclusivo a ella, Candy ya había obtenido de ellos viajes, joyas, flamantes autos, el título de un piso elegante en el mejor sitio de la ciudad, muebles y obras de arte.  Como era una viajera incansable, con la rapidez que llegaba se volvía humo y lo mismo se establecía en París o Londres, o en Nueva York que en Buenos Aires, según la llevara la marea de sus intereses.

En Washington alcanzó la cúspide de su carrera cuando llegó a ser la amante del mismísimo Presidente de los Estados Unidos.  Entonces, sus ambiciones cambiaron.  Deseaba ser la Primera Dama del país más poderoso del mundo. Pero esa vez la varita mágica de sus cálculos no funcionó.

Una noche, en una de esas fiestas en las que ya se aburría, se topó por azar con Charlie..., y el resto fue historia.  Bajo el embrujo de sus besos y de los poemas que le susurró, olvidada quedó su cadena de hombres, el Presidente y sus ingenuos deseos de convertirse en su esposa.  Todo desapareció sin dejar huella, ni tan siquiera las digitales.  !Chapeau! Qué habilidad la de Charlie, hasta yo me hubiera quitado el sombrero si lo hubiera tenido.

La llegada de Candy revolucionó nuestras vidas.  Los hábitos de nuestro amo cambiaron.  En las mañanas temprano solíamos ir a correr.  En cuanto Trueno veía que Charlie se ponía sus tenis, iba disparado a buscar la traílla y con ella en la trompa, lo esperaba anhelante cerca a la puerta, y unos minutos después salíamos raudos.  

Esta rutina cambió  los fines de semana que pernoctábamos en casa de Candy.  Al llegar había gran alborozo. Ella nos recibía siempre linda y sonriente y en cuanto pasábamos el umbral, le saltaba al cuello a Charlie para besarlo y se le colgaba a horcajadas.  Él la llevaba hasta el sofá de la sala, y una vez allí, también Trueno aprovechaba para demostrarle su afecto con una serie de lengüetazos que le propinaba en la cara y las manos. 

En las mañanas soleadas de los domingos, Trueno y yo, con la correa ya puesta, esperábamos pacientes al pie de la cama a que la pareja hiciera su gimnasia: esa clase de malabares incomprensibles y movimientos extraños con que se suelen ejercitar los humanos.  Algunas veces los aeróbicos se prolongaban y veíamos desde nuestro lugar en el suelo un remolino de brazos y piernas que se mezclaba con gemidos estrafalarios. La escena duraba hasta cuando Trueno, ya fastidiado, se enderezaba y emitía sus propios quejidos guturales. Solo de esa manera notaban entre carcajadas nuestra olvidada presencia.

 La relación cobró intensidad y los celos de Charlie crecieron en proporción al desapego de Candy por el Presidente.  A pesar de que ella a menudo lo evitaba o lo recibía con una actitud helada, deshacerse del asedio de un hombre tan importante no era fácil.  Pronto, él se dio cuenta de que había sido desplazado por otro en la vida de su favorita.  Entonces, le advirtió rotundo: "Ya sabré con quién me engañas. Entonces, no será raro que tu querido muera en un accidente.  Solo cuando yo esté seguro de que está sepultado te dejaré vivir en paz". 

La amenaza no amilanó a Charlie, pero sí a Candy.  Entonces, luego de agónicas reflexiones llegaron a la conclusión que su encuentro y amarse era lo mejor que les había sucedido.  Decidieron que en unos meses nos marcharíamos todos a vivir a Gales.  Entre tanto, serían más discretos.

Después de esa amarga pelea, el Presidente lucía calmado, y me temo que por eso ellos bajaron la guardia.  Un domingo en la mañana, algo insólito sucedió. El amante despreciado se presentó sin avisar e irrumpió iracundo en la habitación de Candy.  Paralizado por la sorpresa al reconocer a Charlie, vaciló, y éste aprovechó la duda para avanzar hacia él.  Pero su pie se enredó en el asa de la correa de Trueno, que al presentir el ataque a su amo, saltó sobre el Presidente como una tromba, y arrastró a Charlie.  Éste perdió el equilibrio, se golpeó la cabeza contra el borde de la cama y cayó al suelo redondo.  Los angustiosos gritos de Candy atrajeron la atención de Trueno, que olvidó al Presidente, y él al ver que Charlie no daba señales de vida, se incorporó como pudo, salió precipitado de la casa y se evaporó junto con sus guardaespaldas.

Siempre fuimos un trío.  Inclusive después de ese terrible accidente: una mujer derrotada, un perro anciano y cansado y un collar deslucido, de tachones opacos, faltos de vida. Claro, esa fue la versión que el mundo creyó cuando se le informó al Presidente y se publicó en los periódicos el deceso de Charlie.

En realidad somos un alegre cuarteto. Candy es la amante de un escritor de novelas de espionaje y poesía erótica, ya cincuentón, que se llama Juan Carlos y habla el inglés con fuerte acento británico.  Se rumora que hace ya años fue un espía.  Ella a menudo lo llama "Charlie".  Al hacerlo, su mirada se  ilumina y ambos sonríen con aire de complicidad.  Yo sé que el diminutivo les trae algún cálido aunque borroso recuerdo.

Trueno y yo todavía dormitamos al pie de la cama de ellos, pero nunca nos volvieron a poner la correa.  

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21 Septiembre 2009

BOCAZA Y BURUNDI, DOS EX-CANÍBALES REFORMADOS

"Ríe un poco cada día, es mucho mejor que la sopa de pollo..., al menos eso es lo que los pollos dicen".

Queridos amigos (as):

Este es otro de los cuentos que elaboré para el Taller literario, con el cual estoy muy entusiasmada. Increíblemente, está basado en una historia real, de la que nos enteramos cuando estuvimos a mediados de los años ochenta en Lagos, Nigeria. Claro, todo lo que rodea la esencia de la historia, es ficción, fue lo que inventé. De antemano agradezco vuestros comentarios, que como siempre son muy apreciados e importantes para lo que trato de hacer ahora..., en los ratos de que dispongo.

BOCAZA Y BURUNDI DOS CANÍBALES REFORMADOS

Hugo Bocaza y Evo Burundi eran dos africanos, que pertenecían a una de las tribus de un área de Nigeria, en donde todavía en pleno siglo XX practicaban el canibalismo. Los habitantes de esa región guerreaban entre ellos, y quienes salían victoriosos de la batalla hacían arroz con mondongo de los derrotados. Tenían dos razones para incluir a sus víctimas en el menú diario: una, era la venganza y la otra, era mucho más simple: les gustaba la carne humana. Mejor dicho, la disfrutaban tanto como comer carne de res o pescado.

Un buen día, luego de una de sus típicas refriegas, Bocaza y Burundi fueron hallados y rescatados casi agonizantes por un grupo que encabezaba un misionero español, llamado Francisco y trasladados a un campamento en donde un médico nigeriano, el doctor Nombella Benson, los atendió, les curó las heridas, y les salvó la vida. De más está decir, que no obstante ser un par de salvajes, el agradecimiento de ambos hacia el sacerdote y hacia el doctor Benson, y sobre todo, su admiración por éste, fueron instantáneas.

Una vez recuperados Bocaza y Burundi fueron llevados a Lagos, la capital. Allí, el padre Francisco se hizo cargo de ellos, y poco a poco los instruyó sobre la inconveniente costumbre de comerse a sus semejantes, y peor, motivados por la venganza, que era un sentimiento tan feo. Les habló pues del perdón y de Jesucristo, el mismo Dios hecho Hombre, que precisamente había muerto en una cruz para lavar los pecados de toda la Humanidad, sin excepción, y era obvio que ellos y sus repugnantes hábitos también habían sido incluidos en esa redención. El padre Francisco les dijo además que cada vez que un sacerdote celebraba la Santa Misa, o sea, la ceremonia que conmemoraba el sacrificio de Cristo, en el momento de la consagración de la hostia se operaba de nuevo el milagro de la transformación del pan en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre, de tal manera que al comulgar los creyentes católicos quedaban imbuidos del espíritu de Dios. Bocaza y Burundi escucharon al misionero con tanta atención, que todavía tenían la boca y los ojos abiertos cuando el cura terminó la explicación. Entonces, emocionados y llorosos, prometieron alejar de su corazón la venganza, y le manifestaron al misionero su arrepentimiento sincero y su deseo ferviente de bautizarse y hacerse para siempre cristianos, a lo que el cura accedió inmediatamente complacido, y nombró Hugo al uno y al otro Evo.

Bocaza y Burundi desempeñaban toda clase de trabajos en un hospital de Lagos, en donde el doctor Benson era director. Los ex caníbales reformados, ahora cristianos católicos, lo atendían con devoción y su admiración por él aumentaba, casi al punto de adoración, a medida que conocían más la labor que el médico adelantaba. Inclusive se ofrecían a hacerle trabajos fuera del hospital, como pintarle la casa, reparar los baños, lavarle el auto, labores por las que por supuesto, el galeno les pagaba. La relación fue creciendo casi a nivel de amistad, al punto que el mismo médico no los veía como empleados sino en realidad como amigos.

En una ocasión Bocaza y Burundi invitaron al doctor Benson a almorzar. Ese día ellos fueron, como era de esperarse, los más esmerados anfitriones, y el doctor Benson luego de un exquisito cocktail que lo narcotizó, fue el apetitoso menú de los dos!!!

En el juicio que les siguieron por el asesinato de quien además de salvarles la vida, había sido su médico, y en cierta medida su amigo, ambos, indignados por la acusación, afirmaron rotundamente que ni eran caníbales ni asesinos. A ellos, para empezar, ya no les gustaba la carne humana y condenaban la venganza. Ellos habían llevado a cabo simplemente un “acto de amor”, eran sólo buenos cristianos católicos, y por lo tanto antropófagos, que era algo muy distinto de ser caníbales. Y con lujo de detalles le explicaron al asombrado juez y a la atónita concurrencia, la diferencia entre ambos conceptos, con la misma teoría que el padre Francisco les había enseñado antes de bautizarlos. De la misma manera que al comulgar ingerían el cuerpo y la sangre de Cristo Salvador en la hostia, y recibían su espíritu divino, también al comerse al doctor Benson, adquirirían su inteligencia, su capacidad de oratoria, su bondad, su espíritu de entrega, con la ventaja de que ahora todas esas cualidades del médico se duplicarían en ellos, y él viviría en adelante en los dos y sería para siempre su admirado doctor y amigo.

Nota: Como les decía al comienzo de este post, cuando estuvimos en Lagos, Nigeria, habían llevado a juicio a dos nigerianos, que mataron a un amigo, a quien admiraban muchísimo y se lo comieron, convencidos de que al hacerlo adquirirían sus habilidades (antropofagia). Supuestamente, los dos hombres creían y alegaban que el canibalismo era distinto a la antropofagia.

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Literatura y Poesía

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Soy Madeleine, una abogada, colombiana de origen y de corazón y nacionalizada americana. Estados Unidos, pues, es mi segunda patria. Vivo en Key Biscayne, una islita cerca a Miami en donde trabajo como corredora de bienes raíces y estoy felizmente casada hace ya una pila de años. Aprendí inglés, francés e italiano, porque me gusta la gente y comunicarme con ella. Creo que el Amor y la Fe mueven al mundo. Escribo poesía y cuentos, y trato de hacer de las penas risa y ficción, y escuchar la música y la poesía que tiene la vida, y sobre todo descubrir la que esconden los demás. Son bienvenidos a mi casa todos aquéllos y aquéllas que tengan una tónica similar y sientan que tienen algo positivo que aportar..., ah! y no censuro en lo más mínimo la diferencia de ideas siempre que se expresen con respeto, sin atropellar ni insultar.

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