Un Milagro de Amor
"Los milagros sólo le ocurren a la gente que cree en ellos". Este es un testimonio de lo que me sucedió cuando murió mi padre y 5 años después para mi cumpleaños cuando mi profesor de Creación Literaria me pidió que comentara sobre un cuento. Quiero compartirlo con mis amigos de la coctelera.
El cuento que he escogido para comentar se llama “Ningún lugar está lejos”, y su autor es Richard Bach. Aunque es una historia infantil, su contenido es profundo y certero. Es un libro que nos habla sobre el cariño y la amistad y nos enseña a usar la imaginación y a apreciar los valores reales, la verdad y la alegría. Tiene un significado especial para mí, porque se relaciona con una anécdota personal y porque a través de él recibí un mensaje extraordinario de amor y consuelo.
El día en que murió mi padre ha sido, sin duda, el más triste de mi existencia. A pesar de que no podría decir que su deceso fue sorpresivo, porque ya hacía algunos años que su salud había empezado a deteriorarse, tenía el convencimiento iluso de que mi adorado papá era inmortal. Recibí la noticia como un “mazazo” y tuve la sensación de que yo también comenzaba a morir un poco.
Estaba anonadada. Mi protector, mi amigo, mi guía, una de las almas más puras que he conocido, había desaparecido de un plumazo. Por cierto, era lo único que me consolaba: la certeza de que no había sufrido. Cumplimos su voluntad, y su cuerpo se transformó en un puñado de cenizas que hacían parte ahora, de las aguas del río vecino adonde nació. Se marchó silenciosamente, con la prudencia con que acostumbraba hacer todas sus cosas, y nos dejó sumidos en una tristeza indescriptible. Parecía como si la vida hubiera perdido la mitad de su encanto y su color. Se llevó con él, su ternura inigualable, las memorias de todo aquello que nos proporcionó, una infancia feliz, una juventud sin sobresaltos y muchos otros recuerdos lindos: El aprendizaje arduo, la lucha y el sacrificio, algunos momentos de derrota y de “inténtalo de nuevo”, el sabor del triunfo y de la euforia.
En Mayo, tres meses antes de morir, mi papá vino desde Bogotá con mi mamá y mi hermano para celebrar mis cincuenta años, tal como me lo había prometido. En Abril había ingresado en el hospital para un cateterismo. Lo llamé después de la operación y le dije en broma: “Tienes que jurarme que vas a recuperarte para mi fiesta de cumpleaños, no puedes fallarme”. Se quedó callado un segundo y luego me contestó riendo: “Por supuesto que allí estaré. No voy a quedar mal contigo”. No faltó a su palabra, pero ese fue el último agasajo que compartimos.
Cuando regresé de su segundo funeral (tuvo un homenaje en Bogotá y otro en Cali), la casa estaba helada, sin alma. Yo deambulaba por todos los rincones con la esperanza inútil de oír su voz o sentir su presencia Por más de que me esforzaba para no llorar y en mi interior me amonestaba y repetía que ya no era una niña, y a mi edad debía por lo menos conservar la dignidad, mi dolor no menguaba. No lograba siquiera conciliar el sueño y sentía que hasta las lágrimas se me habían agotado; desesperada, me refugié en su cuarto, con la singular idea de que al estar entre sus cosas me acercaría a él, y le rogué que me ayudara, que encontrara una manera de hablarme, de calmarme. Sentí frío y busqué en sus cajones algo para ponerme que fuera más abrigado y al levantar un saco hallé un librito de pasta anaranjada que en su tapa posterior decía: “Si desea estar con alguien a quien usted ama, ¿no está ya a su lado?” Lo abrí temblorosa y un torrente de lágrimas me nubló la vista, por la fuerza contundente de la coincidencia.
Era el relato de un hombre que había sido invitado a la fiesta de cumpleaños de una niña, a miles de kilómetros de donde él estaba. Le llevaba un anillo como presente y viajaba desde tan lejos, sólo por una buena razón: ansiaba estar con ella. Un colibrí, un búho, un águila, un halcón y una gaviota lo transportaron a su destino. En el trayecto, los cinco animales le hicieron comentarios que lo forzaron a reflexionar y a modificar sus ideas y lo llevaron a concluir que en realidad él no hubiera necesitado hacer ese viaje tan largo para acompañar a su amiguita. La lección era, que “ninguna persona está lejos si existe el deseo y la voluntad de estar a su lado”.
Cuando la niña abrió el regalo del hombre, él le explicó lo que había aprendido: Que el anillo centelleaba con luces especiales y nadie podría quitárselo ni destruirlo. Ella era la única que podía verlo, como él había sido también el único que lo veía cuando era suyo. El anillo le otorgaba un poder nuevo: Podía viajar en las alas de todas las aves y ver a través de sus dorados ojos, tocar el viento y conocer el júbilo de elevarse por encima del mundo y sus preocupaciones. Podría permanecer en el cielo, durante la noche y a la salida del sol, y cuando quisiera bajar, sus preguntas tendrían respuestas y sus angustias habrían desaparecido. A medida que la niña usara el anillo, éste se tornaría más poderoso, pero al final ella comprobaría que no necesitaba ni la joya, ni las aves para volar sola sobre el silencio de las nubes. Y cuando ese día llegara, entonces ella a su turno, debería darle su regalo a alguien que supiera que lo iba a utilizar bien, como lo había hecho ella.
La historia concluía textualmente con el siguiente mensaje: “Mi niña, esta es la última fiesta que celebraré contigo, después de haber aprendido lo que me enseñaron nuestros amigos, los pájaros. No iré en adelante, porque ya estoy allí. No eres pequeña porque ya has crecido…, vuela libre y dichosa más allá de los cumpleaños y a través de la eternidad, y nos encontraremos alguna que otra vez, cuando lo deseemos, en medio de la única celebración que jamás puede terminar”.
Me costó darle crédito a mis ojos y al resto de mis sentidos. Mi papá acababa de enviarme una lección de amor y sabiduría, todavía más elocuente que las muchas que me dio en vida. Mi corazón se llenó de paz y gozo, y en ese momento tuve la seguridad de que no nos había abandonado, de que siempre estaría con nosotros. Bastaba sólo con desearlo, había que usar el anillo cuando quisiera encontrarlo.
PS- Curiosamente, usted Daniel, sin saberlo me ha regalado hoy algo, me ha dado de nuevo la oportunidad de volver a usar el anillo. Ayer fue mi cumpleaños. Mil gracias.
Stella Gómez Vernaza dijo
Madelaine definitivamente eres una persona muy sensible y llena de amor. Este cuento de tu papá es lo más sentido, milagroso y al mismo tiempo real que he podido leer y se me clavó en el alma. Algo parecido sentí yo cuando hace 5 años murió mi mamá, ella que traía un cancer en el colón desde hacía 2 años, yo siempre pensaba ella no va a morir pero si murió. A veces la necesito y ella allí está tan visible como real con su ejempo, con sus enseñanzas y con su personalidad. Parece que este cuento también fuera para mi. Muchas gracias por lo que aprendí en él. Te quiero SGV
8 Septiembre 2006 | 09:31 PM