Las Manos: El reflejo del alma
LA MANO
Ricardito Sarmiento era un chico laaargo, laaarguísimo, tanto, que cuando uno lo miraba daba la sensación de ser interminable. Tenía el cabello rubio y los ojos claros y unas manos inquietas de adolescente, de dedos finos y elegantes, semejantes a los de un pianista. Iba a cumplir 16 años y andaba con las benditas hormonas alborotadas. La sombra de una peluza odiosa en su labio superior, y unos cuantos granitos indiscretos, delataban a gritos la etapa de crisis que atravesaba.
Su familia se había mudado hacía poco a un barrio nuevo, y debido a su timidez, Ricardito no había hecho hasta el momento ni un solo amigo. Bueno, en realidad, en aquel vecindario no era fácil hacerlos porque no había mucha gente de su edad. Cuando salía a trotar, la única persona que se encontraba era una señora mayor, de ojos saltones y manos artríticas, que vivía en una casa grande, enfrente de la suya, y que por su apariencia y actitudes, a él se le antojaba que era la clásica “fisgona”. La veía a menudo paseando su perrita, una pekinesa tan antipática como ella, que les ladraba hasta desgañitarse cuando él y su perro "Trueno" pasaban. Trueno, que por fortuna no perdía el tiempo con pequeñeces, la ignoraba olímpicamente. La vecina, en cambio, los examinaba en detalle, sin molestarse en esconder su evidente e inexplicable curiosidad. Otras veces, los miraba con hostilidad, como temerosa de que ellos fueran a causarle daño.
Trueno, un labrador precioso, era pues, el compañero inseparable de Ricardito. Cada día, lo aguardaba, leal e impaciente, a que volviera del colegio, y no escatimaba esfuerzos en demostrarle su cariño enorme. Antes de que siquiera asomara la trompa el ómnibus de la escuela, el perro, que parecía adivinar el ruido del motor, levantaba las orejas y escuchaba atento para confirmar la llegada de su amo. Se paraba enseguida, y daba saltos de entusiasmo cuando veía que el bus doblaba la esquina. Luego se sentaba en las patas traseras y batía la cola con fuerza y acezaba con ansiedad. En cuanto el muchacho salía, se le avalanzaba y le prodigaba toda suerte de lengüetazos para manifestarle abiertamente su alegría.
Ricardito, además de tímido, era un chico “sui generis”. Le fascinaban las manos de la gente. Creía descubrir en ellas la condición humana, y por eso cuando conocía a alguien, luego de mirarle a la cara, le observaba las manos.
Su fijación tuvo origen en un cuento sobre la mano peluda, que de pequeño le relató una niñera. ¡Vieja estúpida! La mujer con su historia le hizo la vida “a cuadros” al muchachito. Durante una semana entera, sus noches se transformaron en un perenne tormento. En cuanto le apagaban la luz en la habitación, la tenebrosa mano brotaba de debajo de su cama y amenazaba con ahorcarlo. Lo perseguía hasta en sus sueños y las pesadillas eran tan frecuentes, que el pobre niño tenía terror de dormir. Lo peor era que sus tribulaciones no acababan cuando amanecía. Andaba como un zombie por toda la casa, se caía de sueño, y gemía cuando el cartero traía la correspondencia, porque éste tenía unas manos regordetas y cubiertas de vello que lo llenaban de espanto.
A pesar del terror que sentía, Ricardito no le dijo nada a sus padres. Soportó como un valiente esos siete días siniestros, porque la pérfida doméstica le advertió, para colmo de sufrimiento, que “los verdaderos hombres no sienten miedo de nada, y no lloran ni se quejan con la mamita. El temor es sólo para las niñas...”. Se lo dijo con una voz tan melosa, que el amedrentado niñito deseó que fuera ella la estrangulada.
Cansado de que sus padres lo regañaran porque había empezado de nuevo a orinarse en la cama, una noche no aguantó más, y dió un alarido tan escalofriante, que por supuesto, espantó para siempre a la mano peluda y despertó a su mamá que acudió muy asustada a calmarlo. Con mucha dulzura, ella le acarició la frente, y cuando el atribulado niño vio sus manos aladas, de dedos largos y delicados, y sintió su roce de seda, comprendió que ante tanta belleza y ternura no existía otra mano en el mundo, por perversa y peluda que fuera, que le pudiera causar daño.
¡Qué paradoja! La pesadilla de su infancia le dio una lección de amor y lo marcó de una manera positiva en su vida de adulto. Comprendió que la mano era poderosa, lo gobernaba todo, lo abarcaba todo. Revestía importancia desde el nacimiento hasta la muerte. Con una palmada, una mano nos hacía respirar al llegar a este mundo, y nos despedía al marcharnos, pensó. Su trascendencia era tan grande, que la citaban hasta en un sentido figurado: “...me dio una mano, cuando más lo necesitaba...”, o “...fue la mano que me salvó de caer al abismo..., voy a pedir su mano..., anunciaba un hombre enamorado”.
La mano era la representación suprema del Bien y del Mal: La mano de Dios y la del diablo, aquélla que construye y la que destruye. Estaba en todas partes, parecía invadirlo todo: El amor, el hogar, el trabajo, las iglesias, los hospitales, los campos, el arte, el sexo, el deporte, la guerra y la paz. Manos que producían maravillas, delicadas y finas, manos laboriosas que trabajaban sin descanso, algunas arrugadas y toscas; manos que curaban males físicos y otras manos santas que sanaban los pesares del alma. Y luego, por supuesto, había también manos malas, lujuriosas y ávidas; manos asesinas que golpeaban y torturaban, “la mano que disparó el gatillo”, y la que asfixiaba, la misma que equivalía a la mano peluda de su niñez.
Sin embargo, siendo tan distintas, todas las manos tenían algo en común: Eran el reflejo obvio de quienes las poseían, las que narraban una historia de fortunas y pesares; eran una fotografía del alma, un libro abierto que contaba la vida y los secretos más íntimos de sus dueños. No en balde había personas que se dedicaban a leerlas.
Y, fue precisamente por una mano que Ricardito se metió en un problema. Un día, Mauricio, un amigo del colegio le mostró un maniquí de mujer, que según le dijo, había adquirido para “entretenerse”. “Me costó casi todos mis ahorros, pero valió la pena...”, añadió su compañero y sonrió con malicia y resopló satisfecho. “Te la presto para que te diviertas con ella, con la condición de que me la cuides, como a una joya...”.
La muñeca era de caucho, tamaño natural, y estaba hecha con tanto detalle y perfección que parecía una persona real. Tenía una cabellera sedosa y exuberante, un talle breve y unas manos de dedos largos y delicados con las uñas pintadas de rojo. Y lo mejor de todo, una llavecita discreta en su cintura se giraba, y el maniquí cobraba vida: Abría y cerraba los ojos con languidez, cantaba, bailaba y se contorsionaba igual que una vedette del Lido. Fue una oferta que el chico no pudo rechazar, al contrario, estaba encantado con la “generosidad” de su amigo, y una noche, aprovecharon que no había nadie en su casa y llevaron allí a la “mujer” envuelta en unas sábanas. Nerviosos, como estaban, al pensar que alguien de la familia pudiera llegar y pillarlos con un “paquete”, que no podrían justificar, no se percataron de la presencia de la vecina “metiche”, en la ventana de enfrente. Ni más está decir, que la curiosa señora redobló la vigilancia que ya tenía montada sobre el muchacho.
Una tarde en que su madre entró en su alcoba, sin previo aviso, Ricardito escondió precipitadamente la muñeca bajo la cama. Lo hizo con tan poco tino, que tuvo la mala suerte de que una mano de su “juguete” se quedó por fuera. Trató de taparla con rapidez, pero la mano que era muy flexible, rebotó, resistiéndose de nuevo a permanecer oculta. Horrorizado, el chico se sentó encima de ella, mientras hacía esfuerzos enormes para que su mamá no la viera. Por suerte para él, ella, acostumbrada a la forma poco convencional de ser de su hijo, no notó nada anormal en su comportamiento. Pero, en cambio Trueno, que sólo pasaba por alto a la perrita de la vecina, en cuanto su dueño salió de la habitación, inspeccionó intrigado lo que éste guardaba con tanta diligencia bajo la cama.
Mayúscula sorpresa se llevó Ricardito cuando al volver a su casa la encontró rodeada de patrullas de policía y reporteros de televisión. Caminó despacio, como en un mal sueño, y oyó que alguien comentaba que habían descubierto un crimen. En medio de la conmoción, la vecina daba declaraciones con aire satisfecho, obviamente disfrutaba de sus cinco minutos de fama: “...Siempre creí que ese muchacho y su perro eran muy extraños…, su conducta era sospechosa. Es más, hasta llegué a preguntarme si la familia entera no sería mafiosa..., y miren si no tenía razón..., pobre mujer..., pensar que todo lo que quedó de ella fue una mano...”, añadió señalando hacia Trueno, que con orgullo, aún sostenía entre los dientes..., la mano de uñas rojas de la destrozada muñeca!
No hay duda, que ésta será una semana muy larga, suspiró el chico con una mezcla de temor y resignación cuando vio al perro. En realidad le importaba un comino la explicación que habría de darle a la policía. Ir a la cárcel era preferible, comparado con el agobio que le causaba explicarle a sus padres y contarle a su amigo lo sucedido. Derrotado, sin pensarlo dos veces, se sentó en la radiopatrulla.
Madeleine de Cubas

Ainara dijo
En realidad se supone que lo entendí, pero de todos modos no entiendo por qué la vieja dijo nada a la policía si era solo una muñeca...
Bueno, me encanta tu blog, aunque el mio no vaya por el mismo camino, te invito a que te des una vuelta.
http://www.lacoctelera.com/-ainaralone-/
18 Septiembre 2006 | 06:05 PM