"EL OLVIDO QUE SEREMOS", HOMENAJE A UN PADRE..., Y A TODOS LOS PADRES DEL MUNDO
"Un árbol nunca está de espaldas para nadie. Si damos la vuelta en torno a él, el árbol siempre estará de frente".
"Sólo morimos cuando nos olvidan".
A mi padre que vela por su familia desde algún lugar especial. A ese árbol que nos dio la vida y nos nutrió con su savia. A él, que nos cobijó con su sombra para protegernos del calor excesivo, y que también nos mostró la cara del sol. A él le dedico este post y a todos los padres del mundo que se han ganado a punta de amor un puesto preferencial en el corazón de sus hijos.
El domingo 15 de Junio se celebra en Colombia, y en muchos países de Sur América y en los Estados Unidos el Día del Padre. Con este motivo, quiero hablarles de un libro maravilloso titulado "El Olvido que Seremos", escrito por Héctor Abad FacioLince, como homenaje a su venerado padre.
Amé a mi padre con un amor que hasta hace poco pensaba que ninguna otra persona era capaz de emular. Cuando comencé a leer el libro de Abad, me quedé muda de asombro. Me parecía que al escribirlo, el genial autor, a quien ni siquiera conozco, se había apropiado no sólo de la imagen de mi padre, sino de muchas de las vivencias de mi infancia y hasta de mis propios sentimientos. Naturalmente, no hay nada de misterioso en ello. La razón de estas coincidencias es muy sencilla: El amor es un sentimiento universal. Su voz y su lenguaje son los mismos para todos los seres que se aman.
Abad dice así:
"Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá y escogí a mi papá. Fue la primera discusión teológica de mi vida y la tuve con la hermanita Josefa, la monja que nos cuidaba a Sol y a mí, los hermanos menores. Era una mañana luminosa y estábamos en el patio, al sol, mirando los colibríes. De un momento a otro la monja me dijo: "Su papá se va a ir para el infierno". -Por qué?, le pregunté yo. -"Porque no va a misa". -"Y, yo?" -"Usted va a irse para el Cielo, porque reza todas las noches conmigo".
Por las noches la monja se quitaba el hábito detrás de un biombo para que no le viéramos el pelo; nos había advertido que verle el pelo a una monja era pecado mortal. Yo, que entiendo las cosas bien, pero despacio, había estado imaginándome todo el día el Cielo sin mi papá. Entonces le dije: "No voy a volver a rezar". -"Ah, no?", me retó ella. -"No. Yo ya no me quiero ir para el Cielo. A mí no me gusta el Cielo sin mi papá. Prefiero irme al infierno con él". La hermanita Josefa, asomó la cabeza (fue la única vez que cometimos el pecado de verle sus mechas sin encanto) y gritó: Chito!!! Después se dio la bendición".
"Yo amaba a mi padre con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor sobre la cama. Cuando se iba de viaje, yo le rogaba a las muchachas y a mi mamá que no cambiaran las sábanas ni la funda de su almohada. Me gustaba su voz, sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo".
"Mi papá siempre pensó, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. "Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz". Cuántas personas podrán decir que tuvieron el padre que quisieran tener si volvieran a nacer? Yo lo podría decir".
"Tres o cuatro veces al año yo me iba con el abuelito para la Inés, la hacienda ganadera entre Puerto Iglesias y la Pintada. Las diversiones diurnas me encantaban, pero al caer de la tarde, cuando la luz se iba yendo, me invadía una tristeza sin nombre, una especie de nostalgia por el mundo entero y me acostaba en silencio en la hamaca a ver caer el sol, a oír el chirrido desolador de las chicharras y a llorar en silencio por mi papá..., con una melancolía que me inundaba todo el cuerpo. A esa enfermedad terrible de los niños que sienten la ausencia de los padres, la llaman "mamitis", yo en secreto le daba otro nombre, mucho más preciso para mí: "papitis". En realidad a mí la única persona que me hacía falta en la vida, hasta hacerme llorar en esos largos y tristes crepúsculos de la Inés, era mi papá".
Bueno, queridos amigos (as) tampoco yo puedo evitar, cada vez que leo estos párrafos identificarme con ellos y pensar en mi padre y que se me aneguen los ojos de lágrimas. Les recomiendo la obra porque es un libro fácil de leer y sé que una vez que lo comiencen lo terminarán de un tirón.
BIENVENIDO VUESTROS COMENTARIOS. UN ESTRECHO ABRAZO PARA TODOS (AS).











jotatrujillo dijo
La mejor herencia que un padre puede dejarle a sus hijos, consiste en sentarse a escucharlos durante cada uno de los días que viven con ellos. Y cuando se van, paliar la tristeza sabiendo que sus consejos le permitirán ser felices.
Y está comprobado que el mejor antídoto parea las lágrimas de los padres, son la sonrisa Félix de los hijos.
Un abrazo.
12 Junio 2008 | 11:45 AM