Maritza colocó la extensible bajo el samán y melancólica se acomodó en ella. Había buscado con cuidado el sitio ideal del jardín, uno sombreado en donde pudiera entregarse a sus sueños con comodidad, pero que no la privara de recibir la caricia del sol.

La joven entrecerró los ojos y pensó en Alex. Faltaban pocas semanas para la fiesta de final de curso y a pesar de sus esfuerzos no había logrado hasta ahora el favor de una sola de sus miradas. Sus esperanzas de prorrumpir airosa en el baile, tomada de la mano de él, bajo los ojos celosos de sus compañeras de clase, tal y como lo había hecho el año anterior, se esfumaban con la misma velocidad con que se escapa el agua por el desagüe al levantarse el tapón de la bañadera.

Un año entero sin conseguir que el chico la perdonara..., que olvidara los desplantes que ella, coqueta e irreflexiva, sin querer, le había hecho en aquella fiesta. Alex, tan amoroso y paciente, que le aseguraba que cuando estaba con ella el resto del mundo desaparecía para él, que la hacía reir, y le regalaba flores y bombones, que le hacía poemas y le dedicaba canciones románticas, que cuando la tomaba por la cintura para bailar la transportaba a otra dimensión..., Alex tan atractivo y sonriente, Alex, Alex..., Alex, por el que todas sus amigas suspiraban, aunque sabían que andaba loco por ella, la ignoraba ahora olímpicamente.

Maritza se revolvió inquieta en la silla. Un embriagante olor a violetas y a hierba fresca le embotó los sentidos. Seguía con los ojos entrecerrados. De repente, sintió que algo le hizo cosquillas bajo la nariz, abrió los ojos, y allí estaba él, como si nada hubiera pasado, con la espléndida sonrisa de siempre, acariciándole el rostro con una ramita de espliego. Maritza no lo podía creer. Su corazón galopó como un potro al que le han soltado la rienda.

"Cómo hiciste para entrar en la casa?", le preguntó sorprendida, porque no recordaba haber escuchado el timbre.

"Tengo el poder de traspasar puertas y escalar murallas cuando se trata de verte", dijo él, con una risita burlona, pero añadió. "Bueno, mira, en realidad fue muy fácil, timbré y tu hermanito Carlos me abrió..., y aquí estoy. Venía para preguntarte si te gustaría que fuéramos juntos al baile de fin de curso".

Maritza sintió que se desmayaba de la emoción, pero trató de controlarse y respondió a la propuesta de Alex con otra sonrisa, mientras decía: "Me darías un minuto para pensarlo?".

"Pero sólo un minuto", contestó él, y se inclinó todavía más sobre ella.  Tomó la cara de ella entre sus manos, la atrajo hacia sí y la besó en la boca con suavidad. Maritza sintió que una oleada de placer inimaginable la estremecía. Pero la agradable sensación le duró poco, porque algo pegajoso, como gomoso le rozó la lengua y se le enredó en la garganta amenazando con asfixiarla.

"El chicle, Dios mío, el chicle", pensó la chica, "olvidé que comía chicle, me tragué el chicle!!!", exclamó horrorizada. Y entonces, fue cuando Maritza se despertó, abrió los ojos y en lugar de la soñadora mirada de Alex, se encontró con unos ojos verdosos y saltones que la observaban y una boca protuberante de la que asomaba una lengua bífida. Le tomó sólo un segundo darse cuenta que se trataba de "Lolita", la mascota preferida de su entrañable hermanito. Profirió un grito ahogado, mezcla de asombro y de repugnancia, al mismo tiempo que Carlitos rescataba de encima de ella en un santiamén, a su querida iguana.

Bueno, queridos amigos (as), a propósito de mi cuento, me gustaría que me dijeran que piensan ustedes que es preferible: Tener un sueño maravilloso y despertarse como Maritza y realizar que no era verdad? o tener una pesadilla y despertarse y darse cuenta que se trataba sólo de un mal sueño..., que no era la realidad.

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