Canotaje en Colombia

Rafting: Así mismo, y con estas fotografías es como lo anuncian. Lástima que no las vimos antes de embarcarnos en nuestra excursión a Tobia.
Cómo les parece, queridos amigos (as): La organización se llama "A pata con Joaco", porque ofrecen no sólo emocionantes paseos en los ríos sino también caminatas de 3 horas a unos sitios de cascadas, que según me cuentan son muy hermosos, pero ahora me entero, no fácilmente accesibles. Claro, que mi marido y yo ignorábamos todos estos detalles. La única referencia que teníamos nos había llegado hace un tiempo por un vecino, buena persona aunque no exactamente la encarnación de la cordura, un factor que hemos debido considerar, y quien ya había hecho dos veces canotaje con sus hijos, uno de ellos un pequeñín de 5 años, y un "combo" de sus amigos. Cuando le preguntamos sus impresiones, dijo: "Divertidísimo!!!..., divertidísimo", ese fue su único comentario.
Basados en la experiencia de nuestro amigo, y con la intención de halagar a la hija mayor de mi marido que vino de Suiza con su marido y sus hijas, les propusimos trasladarnos al río Tobia, cerca de Villeta, para una de esas simpáticas "excursiones". Cuando hablamos con Joaco para reservar, éste sólo nos dijo que fuéramos en traje de baño o con ropa más bien vieja y oscura, que no nos importara mojar, y una muda de repuesto para el regreso. Sugirió también que hiciéramos el paseo más bien en la tarde, como a las 2:00, para darle "tiempo" al río a que bajara el caudal ya que había llovido mucho los días anteriores. Así lo hicimos, seguimos sus indicaciones y todos llevábamos chanclas de caucho y cámaras, con el propósito de tomar fotos de los bonitos parajes a nuestro alrededor.
Je, je, nuestra primera sorpresa nos la dio Joaco, el director y dueño del negocio, un chico amistoso y desenfadado, que solucionaba todas las objeciones con un sonriente "no problem", cuando nos informó que debíamos deshacernos de viseras, chanclas, cadenas, cámaras, dinero, etc. etc. No se salvaron ni las llaves del auto, es decir, nos despojamos de todo lo que llevábamos y que podíamos perder. Confieso que me empecé a poner nerviosa. Luego nos suministraron a cada persona un casco y un chaleco salvavidas, tan apretado, que nos hacía muy difícil la respiración. Descalzos como estábamos empezamos el descenso hacia el río en donde nos esperaba la balsa. Allí mismo en la orilla, Joaco y sus dos asistentes nos dieron por turnos sendos discursos e instrucciones sobre el uso de los chalecos, los remos (los que se suponía que no podríamos soltar en ningún caso), nuestra posición en la balsa, formas de rescate, etc. etc., a las que por supuesto, no presté mucha atención convencida como estaba de que era como si estuviéramos en Disney, y ellos sólo trataban de darle cierta emoción a nuestro paseo; o más bien de que se trataba de las repetitivas y eternas instrucciones que recibimos en los aviones sobre el uso del chaleco salvavidas, que luego de haberlas oído toda mi vida, estoy segura de que en una emergencia (Dios me libre) no tendría la más puñetera idea de cómo usarlo.
Y bueno, cuando intentamos subirnos a la balsa, Joaco y sus asistentes nos lo impidieron y el bote empezó a alejarse. Pero, cómo así??? preguntamos. De nuevo, Joaco sonriente nos explicó que no podíamos abordarlo allí, porque no había profundidad suficiente y tendríamos que caminar un buen trecho para alcanzarlo. "Piedroterapia", exclamó entusiasmado! Y ciertamente de eso mismo se trataba, de caminar cuadra y media descalzos sobre un lecho de piedras, algunas húmedas y resbalosas y otras puntudas y crueles que se clavaban con saña en nuestros desprevenidos y adoloridos pies. Vaya, y encima de todo mi marido se cayó 3 veces en el trayecto. No, éste no era el paseo que yo esperaba.
Y nos acomodamos por fin en el bote. Yo iba atrás con Joaco y un guía, mientras el otro chico en un pequeño kayac, lideraba el camino, alerta al rescate de cualquiera de nosotros que pudiera perder el equilibrio y caer al agua.
Remamos entusiasmados, y el primer rápido lo sobrepasamos fácilmente. No sé si fue la alegría contagiosa de los guías, o el choque con el agua fría, pero todos empezamos a perder un poco el miedo y a disfrutar de la experiencia. Elevamos nuestros remos al cielo, y gritamos como si estuviéramos alentando a nuestro equipo favorito de pelota. En el tercer rápido el bote amenazó con voltearse y mi marido se cayó al agua. Todas gritamos histéricas. Veloz el asistente de Joaco se aproximó a él, y lo subió a nuestra balsa en un abrir y cerrar de ojos. En otra curva, la balsa se aproximó peligrosamente a la orilla, y las ramas bajas de un árbol por poco nos descabezan a la mayoría del grupo. Como nadie remaba, la balsa perdió control y nos aproximamos peligrosamente al kayac, que no pudo evitarnos..., nos estrellamos contra él. Cerré los ojos, y cuando me golpeó pensé que me había partido en dos. Por suerte, al parecer el chaleco me protegió. No bien, habíamos recuperado control de la embarcación, cuando nos azotó el siguiente rápido y nos arrojó al agua con violencia. Esta vez fuímos mi marido, el guía, mi remo y yo los que desaparecimos en un remolino chocolate de olas furiosas y heladas. Ví con desconsuelo, cómo mi marido y mi remo se alejaban, y se perdían río abajo...
Nooo, queridos amigos, francamente, ya uno no está pa' esos trotes. Cuando por fin concluímos nuestro paseo de una hora, estrujados, magullados, le dije a Joaco: "Contemple bien estos ojos y esta carita, porque le aseguro que en este río es la última vez que los va a ver".
Cómo así, no le gustó??? me preguntó sonriente y muy asombrado, Joaco, alias "No Problem"..., como lo bauticé.
Sí, sí me gustó..., me gustó mucho, pero no quiero más!!!, le contesté mientras renqueaba veloz hacia nuestro auto.
Nota: Creo que el paseo es maravilloso y recomendable para personas con espíritu de aventura entre 18 y 40 años. Os aseguro que los demás estareis corriendo un respetable e innecesario riesgo, je, je.
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fenicia dijo
Que emocionante chica,pero creo que yo no me atreveria.
Besos valiente
Feni
3 Noviembre 2008 | 11:01 AM