Casualidades poéticas
Queridos amigos y amigas:
Este es un cuento que decidí reciclar, porque fue uno de los primeros que escribí cuando empecé a hacer mis "pinitos" en la Coctelera. Revisarlo me ha llenado de nostalgia, pero también de alegría, ya que a través de él tuve la oportunidad feliz de "conoceros" a muchos de vosotros virtualmente y concebir el sueño de que algún día nos veríamos en persona, como en efecto, ocurrió con algunos. "Casualidades poéticas" como diría el Peletero, pero casualidades que atesoro, porque dieron origen a entrañables amistades, que sólo espero que crezcan y sean más sólidas con el tiempo. Madeleine
CON LOS PIES ENTRELAZADOS
Daniel Marquetti y Támara Vasnikova nacieron en países de culturas diferentes y geográficamente muy distantes, en Argentina él y en Rusia ella. No obstante la lejanía de sus orígenes parecían predestinados a amarse. Cuando se conocieron, Támara tuvo que hacer un esfuerzo para disimular la admiración que sintió por aquel hombre galante, tremendamente atractivo y brioso como un corcel, de cuerpo fuerte y entrenado para el deporte. A Daniel, por su parte, no le importó rendirse ante la evidencia de que había perdido la brújula en el abismo insondable de la mirada de Támara. Sin embargo, no fue la estampa viril de él ni los ojos brujos de ella lo que hizo que sus caminos se cruzaran. Lo que de verdad los atrajo como un poderoso imán fue el tesoro común de sus pies extraordinarios. Esos pies, que lo mismo que las manos de un consagrado pianista o de un famoso pintor eran su mejor medio de expresión. Daniel era futbolista, ídolo de multitudes y Támara una primerísima bailarina de ballet clásico.
Todo empezó por una extraña casualidad, una noche de Mayo en Nueva York, lo mismo que empiezan algunas cosas que uno no anda buscando. Tras una agotadora jornada, Támara encendió el televisor en el momento en que se transmitía un partido de fútbol. Hizo un mohín de disgusto y pensó en cambiar de canal. El fútbol era un deporte que no le generaba entusiasmo; pensaba que un juego en donde el triunfo parecía depender exclusivamente del equipo que más pateara tenía que ser por fuerza un entretenimiento bruto. Sin embargo, ese día algo llamó su atención. Fascinada observó los pases fenomenales del capitán del equipo, Daniel Marquetti. Sus pies se movían con tanta agilidad, que daba la sensación de que bailaba con el balón. El espectáculo era una exhibición de arte y de magia. El futbolista se paseaba por la cancha y evadía a los contrarios con una habilidad insólita y un derroche de la más depurada estrategia. Manejaba el esférico a su antojo y coordinaba las jugadas con la destreza de un maestro. Sus contrincantes parecían niños que luchaban por un caramelo adherido con obstinación a las extremidades del hombre. Era un despliegue, no sólo de energía física y pericia, sino también de inteligencia. Támara quedó tan impresionada, que no se despegó de la pantalla hasta cuando el partido finalizó. Por supuesto, no olvidó el nombre del dueño de esos pies increíbles, que parecían dotados de astucia y que la hicieron cambiar de opinión con respecto al fútbol.
Daniel Marquetti no sentía ningún interés por el ballet y la ópera, pero una noche en que acompañó a regañadientes a una pareja amiga a una presentación del “Lago de los cisnes” descubrió a Tania. Cuando ella apareció en el escenario, la amenaza de una noche aburrida se disipó para transformarse en una de las veladas más inolvidables de su vida. Fue como si el destino hubiese querido jugarle una broma, pero con un buen final. De repente, el tedio y la inconformidad se esfumaron de su espíritu para dar paso al deslumbramiento. Extasiado con la bailarina y el encanto que emanaba de ella, se dejó arrastrar por la música, hipnotizado por sus pies alados y seductores, que parecía que no tocaban el suelo, que se elevaban sutiles un instante, para luego volver a posarse silenciosamente con la delicadeza de dos copos de nieve. Sólo un ángel podía bailar así, pensó.
Probablemente, Támara hubiera olvidado muy pronto al futbolista que la hipnotizó frente a la pantalla y Daniel a la bailarina que lo mantuvo cautivo a la silla ese día en el teatro, pero cuando el destino se obstina, las casualidades no paran. Esa misma noche coincidieron en el lobby del hotel donde él se alojaba, y él supo con un sobresalto de alegría que también ella era huésped allí. Sintió cómo su ego crecía cuando Támara le dijo sonriente, que lo había visto jugar por televisión: "No soy aficionada al fútbol, pero confieso que me pegué a la pantalla hasta el final del partido..., fue emocionante verlo cubrirse de gloria, remató ella en un susurro. Daniel la miró con adoración y estuvo a punto de deshacerse en halagos, pero se limitó a darle las gracias; otra cosa pensó que hubiera sonado falsa. Mientras la observaba absorto hubiera podido jurar que el amor a primera vista no era, después de todo, un invento. Ella llevaba todavía el cabello recogido en la nuca en un moño sencillo, tal como lo tenía unas horas antes en el teatro, pero ahora vestía una túnica y unas sandalias de plata. De cerca le gustó más, le pareció que tenía la belleza de un lirio. Su espléndido cabello dorado era el marco perfecto para su piel de nácar y para sus ojos oscuros y profundos. Daniel se sintió perdido en el laberinto de aquella mirada, hechizado con el dulce metal de su voz, que pronunciaba el español con un dejo fuerte, con mucho acento.
Daniel y Támara se amaron incontables noches con el enajenamiento del que vive un sueño del que no quisiera despertar jamás. Y en la intimidad de la alcoba vinieron a ser el dúo perfecto. Era tal la intensidad de sus encuentros que se diría que querían beberse la vida en unas pocas horas, y entre frases delirantes y el aletear de respiraciones quedaban sus cuerpos sudorosos y desfallecidos bajo las sábanas. Poseída por el poder del amor, Támara interpretó para él cada día la más sublime de las danzas. Daniel le correspondió con la misma pasión con que hacía todo lo que amaba y con una ternura que su corazón recio desconocía hasta ese momento.
-Cuántas cosas podrían contar nuestros pies de nosotros si hablaran..., suspiraba ella para romper los silencios que atenazaban sus gargantas. Sentados a la orilla de un muelle cercano, mientras jugueteaban en el agua con los pies enlazados, soñaban con obstinación que podían superar los infranqueables abismos que jamás mencionaban. Támara era una bailarina y el ballet era su vida. Sin el baile languidecía como el que muere de sed al borde de una fuente ya seca y abandonada. Daniel, por su parte, vivía para el deporte. Sus pies grandes y toscos sólo entendían el lenguaje del football, mientras que los de ella etéreos y delicados sólo sabían el de la danza.
Y los días fueron pasando, mientras se debatían agobiados incapaces de romper la gruesa cadena que unía sus sentimientos, obstinados ante la penosa realidad. Nadie pudo decir con seguridad lo que ocurrió, pero un día tan de repente como se amaron se separaron. Quizá lo mismo que los unió, los alejó y se dijeron adiós con dolor, pero sin aspavientos.
Años después, Támara escribió una novela "Holding Feet" "Con los pies entrelazados" y relató esa historia de amor y renunciamiento. Se juntaron en Nueva York para el lanzamiento del libro y enumeraron con fingida emoción el rosario de triunfos profesionales que ambos habían cosechado, y cuando la palabra se les hizo un nudo cerrado en la garganta, rememoraron en silencio con los ojos inundados de lágrimas aquella época ya perdida en el tiempo, la más feliz de sus vidas..., la misma que al concluir marcó el comienzo de su mutuo vacío y de su gran soledad.
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argivo dijo
El amor tiene sus paradojas, y tu cuento Madeleine, es una de ellas. Grato estar en tu blog. Un beso. Argivo.
1 Diciembre 2008 | 06:01 AM