Del amor de madre y sus sacrificios..., y de nosotros los hijos, esos jueces terribles.

"Las cosas y las personas nos parecemos, nos parecemos, pero somos distintas".
Dicen que no hay jueces más implacables con nuestros padres que nosotros sus hijos..., puede ser.
Hace algún tiempo, un buen amigo me contaba una conversación que tuvo con su madre. Ella, una mujer inteligente y bonita, (este último detalle no es importante, pero es que así era ella y no hay por qué no decirlo), le confió que antes de casarse soñó con tener una educación universitaria y que al divorciarse sus padres, su papá le ofreció pagársela..., a cambio de su solidaridad incondicional. Ella rechazó de plano la oferta. Tiempo después se casó con el padre de mi amigo, y hasta su muerte se consagró a su hogar y a su marido, y fue una amorosa y devota madre de los dos hijos que tuvo.
A raíz de esa conversación con su madre, mi amigo se preguntaba si ella habría sido feliz. Después de todo su belleza y su talento se habían consumido en el cuidado de su hogar, su marido y sus dos hijos. Qué distinta, pensaba él, hubiera sido su vida si hubiera aceptado la propuesta que le hizo su padre y hubiera realizado su anhelo de ser una profesional. Le contesté que tenía razón, que sin duda su vida hubiera sido distinta, pero quizá no tan feliz, porque ahora ella con seguridad sabía que había encontrado en sus hijos la satisfacción que ninguna carrera universitaria hubiera podido brindarle. Le dije ésto, y se lo dije de corazón, con absoluta sinceridad, porque creo que cuando REALMENTE se AMA, NO se hace siempre lo que se QUIERE.
Me acordé de esta historia, porque hace unos días se celebró mundialmente el Día de las Madres, y otra buena amiga me hizo un relato muy parecido..., parecido, pero muy distinto. Su madre, una mujer también muy bonita, hija de un comerciante adinerado, supongo que antiguamente algunos lo fueron, vio naufragar sus sueños y sus proyectos cuando sus padres se divorciaron. Como en el caso anterior, el padre que se marchaba al parecer con otra mujer, le propuso a su hija favorita que se fuera con él. No obstante la perspectiva de la vida de penuria que ella vislumbró en su roto hogar, ahora sin el apoyo económico de su padre, el cuadro de una madre amargada y sola y sus dos hermanas, ella rechazó indignada el ofrecimiento de su papá. No dudo que esa terrible experiencia y los sufrimientos que vinieron después, hasta cuando conoció al que sería su marido, blindaron su corazón y sus sentimientos para siempre.
Aunque yo no soy madre, estoy convencida de que todas las madres buenas quieren a sus hijos, pero eso no quiere decir que todas los aman. Y repito a riesgo de sonar redundante: Si amaran no harían siempre lo que han querido, y no verían a sus hijos como un obstáculo a su propia felicidad ni podrían ser perfectamente felices sin la compañía de ellos. Por supuesto, NO le hice estas reflexiones en voz alta a mi amiga, no se las hice. Sólo le dije que también estoy convencida de que los buenos hijos tenemos el deber de esforzarnos para comprender a nuestros padres y no enjuiciarlos ni condenarlos, aunque el corazón llore lágrimas de sangre debido a su eterna ausencia.
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el-peletero dijo
Cualquier cosa que podamos decir de nuestros padres serán palabras y hay algo que tiene mucho más poder que ellas y que yo no nombraré con otra palabra.
Solamente recordaré a mi hermano hablando de ella:
”A mi madre yo la llamaba mi princesa. Y me pregunto, ¿dónde se ha ido el tiempo de las cerezas?, ¿y el de las manzanas de oro?, ¿a dónde ha ido aquella muchacha en flor? De pequeño me decía mientras me arrullaba: cuando seas grande…
Miro el horizonte estúpido de la ciudad. Miro el horizonte impasible del monte solitario. Y me doy cuenta que la grieta solar se ha hecho real.
Las horas ya se acaban y no puedo parar de llorar.
19 Mayo 2009 | 09:51 PM