Cuando el Amor y la Guerra decidieron casarse

Queridos amigos: Este es uno de los cuentos que elaboré para mi taller de Literatura. Sus comentarios serán muy apreciados. Espero que les guste.
Esta vez Ramona sí se ha "pasado tres pueblos", se dijo Pánfilo furioso mientras se ponía su pijama de rayas. Esto ha sido demasiado. "En nuestra casa el único que llora es Pánfilo...", había dicho su mujer, impávida, en un tono tajante y con esa voz grave, que a él le había parecido tan "sexy" desde la primera vez que la escuchó. Las palabras hirientes de ella todavía le martillaban en la cabeza como potentes taladros. Recordó el silencio incómodo que se produjo en la sala, las miradas de consternación de sus amigos, las risas contenidas y burlonas que pugnaban por salir, y la retrospectiva de tan humillante escena le magulló con un intenso dolor el reducido ego que aún le quedaba. Bueno, si es que le quedaba alguno, porque había ocasiones en que ella lo ridiculizaba tanto, que él perplejo se preguntaba por qué se lo permitía..., es que ni él mismo se reconocía. Llevaban ocho años de matrimonio, y aparte de esos momentos gloriosos que le hacían olvidar las vejaciones de su mujer, el resto del tiempo podría decir con justicia que había sido de artillería pesada.
Pánfilo Romeo Insulza, pánfilo e insulso como su padre, Romeo gracias a su querida madre, que se salió con la suya al darle un nombre compuesto para que no fuera Pánfilo a secas, tenía 58 años cumplidos. Venía de una ilustre familia de pánfilos..., perdón, quiero decir, de diplomáticos. Tres generaciones seguidas, abuelo, padre e hijo habían escogido con admirable resignación el sacrificado oficio de la diplomacia. Con verdadera entrega habían gastado la mayor parte de la vida, en pasear de un país a otro, en dar recepciones memorables en las embajadas, en sofisticar cada vez más el paladar con buena comida y licores de calidad, y por supuesto, en escribir conceptos e informes que por lo general, por obtusos, los ponían en terribles aprietos. En una palabra, tres generaciones que habían cumplido a cabalidad y con genuino valor el difícil oficio de representar a un país que lastimosamente no gozaba de muy buena imagen en el exterior. Para lo cual, no vayan a creer, se necesita una cara dura, afirmaba Pánfilo lleno de orgullo, y claro, poner el pechito. Por eso al final de tantos años de arduo trabajo y dedicación, estos heroicos funcionarios, disfrutaban como compensación de una merecida y holgada pensión. Bueno, al Pánfilo nuestro todavía le quedaban dos o tres años de desinteresado servicio..., si es que Ramona Arrechabala, su guerrera mujer no acababa antes con su brillante y esforzada carrera diplomática.
Lo cierto es que Pánfilo Romeo fue casi hasta los 50 años un soltero redomado, que siempre tuvo mujeres bonitas revoloteando a su alrededor. Digamos, que esto no obedecía a que fuera un tipo de cuerpo atlético, con cara de astro de cine. No, él no era nada de eso. Tenía una presencia agradable, era de talla mediana, por lo que procuraba mantenerse siempre en forma, y seleccionaba con gusto la ropa y las colonias que usaba. Además por ser hijo de familias de prestigio por ambos lados, su madre era una bonita chilena, también hija de diplomáticos, y por haber recibido una esmerada educación y tener modales refinados, aunque no era un conversador muy ameno, Pánfilo Romeo se daba el lujo de tener a la que quería. Probablemente estas cualidades sumadas a las altas posiciones que siempre desempeñaba, hacían de él, una pieza codiciable. Sin embargo, Pánfilo, que tenía como modelo de elegancia y delicadeza la figura de su madre, no lograba encontrar la mujer que lo llenara. A todas las seducía con gran ardor y al cabo de pocos meses, quizás un año, perdía el delirante entusiasmo y se desinflaba lo mismo que un globo pinchado, y en la lona quedaban ellas llorosas, como golosinas mordisqueadas y desechadas. Casi se podía predecir con exactitud cuando el barco empezaría a "hacer agua". Hasta que conoció a Ramona Arrechabala, el prototipo de la mujer que él más detestaba, y ella le transformó su vida y su historia.
Ramona era una mujerona de cara atractiva, alta y corpulenta, a Pánfilo le sacaba la cabeza, y aunque siempre estaba elegantemente vestida, daba la impresión de que uno se hallaba frente a un jugador de un equipo de fútbol americano. Tenía una personalidad que avasallaba y gracias a su preparación y aguda inteligencia, y claro, a uno que otro codazo, había escalado posiciones hasta llegar a obtener un cargo muy importante en el Ministerio, un lugar donde las mujeres no descollaban. Aburrida del papel sumiso desempeñado por la mujer durante siglos y siglos, era una feminista reconocida, y demostraba con actitudes y con acciones que ellas también podían usar la cabeza no sólo para portar un sombrero con gracia, sino para producir ideas e implementarlas, y hacerlo inclusive mucho mejor que los hombres. Ramona no conocía fronteras, era una elocuente oradora, y cuando ella tronaba con su vozarrón, que Pánfilo consideraba tan sexy, todos los que estaban a su alrededor parecían minimizarse. Los hombres, y curiosamente, las mujeres la detestaban. Mejor dicho, la temían, más de lo que la respetaban, porque el respeto no inspira miedo, y Ramona era intimidante por lo cruel e implacable que era con cualquiera que se le opusiera, sobre todo si el contrario era un hombre.
Para asombro de todos, Ramona fue para Pánfilo una especie de revelación, y el dilecto embajador cayó rendido a sus pies como si un rayo lo hubiera fulminado. Fue el único valiente que se atrevió a cortejarla y para mayor sorpresa, ella le correspondió con una dulzura que resultaba casi hostigante. A los tres meses de relaciones, ya estaban casados. Todos respiraron tranquilos en el Ministerio, y las aguas se apaciguaron. Entonces, la temible guerrera viajó feliz a Londres a desempeñar su nuevo papel de anfitriona y ama de casa. Pero Ramona era ahora esposa de embajador, y a los pocos meses volvió por sus fueros, esta vez en la Embajada, y muy pronto quedó claro, quién daba las órdenes y quién acataba.
Sólo que esa noche terrible, la peor que en ocho años de matrimonio habían vivido, Ramona había cruzado la raya, y Pánfilo Romeo Insulza le había dicho terminante, que humillarlo de esa manera en público había sido demasiado. Y luego de una discusión amarga, en que insólitamente, Ramona se había achicado, llorado a mares y suplicado, y hasta pedido perdón de rodillas, Pánfilo, frío e impasible se negó a transigir y le dijo que era demasiado tarde para enmendar lo que no tenía arreglo. No había pues, nada ni nadie, y menos ella que le hiciera cambiar su decisión. Al día siguiente hablaría con su abogado para pedir el divorcio.
Pánfilo desdobló las cobijas y se dispuso a entrar en la cama, y en ese momento la puerta de la alcoba se abrió, y Ramona, cual gigantesca amazona, vestida con un bikini negro, una fusta en la mano y tacones muy altos, se materializó en el umbral. El embajador parpadeó, y como por arte de magia el rencor y la furia se esfumaron, y se sintió irremediablemente perdido. Entonces, sumiso, se quitó con lentitud el pijama, mientras saboreaba con ansiosa anticipación todo el placer infinito que le esperaba. Una vez desnudo, se puso de espaldas a ella, y en cuatro patas murmuró delirante: Dale fuerte, caramelo mío, hazme llorar hasta que me hagas perder el sentido.
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jotatrujillo dijo
!Vaya con el Pánfilo!. Me gusto tu narración. Hay como un cierto sabor a Macondo, a realismo mágico, en el boceto de los personajes, por otra parte bien definidos. y en el marco donde se desarrollan sus vidas.
Seguro que será bien recibido por tus compañeros de taller.
Un abrazo.
7 Septiembre 2009 | 12:56 PM