El collar del perro espía

Este cuento ha sido otro de los proyectos que nos pidieron para el taller de Literatura, y se lo dedico a Terry, un perro labrador, y por supuesto, a su dueño, que me lo inspiró cuando me contó una anécdota de su fiel compañero. Ojo, queridos amigos, que quien narra la historia es el COLLAR. Espero que les guste.
EL COLLAR DEL PERRO ESPÍA
Siempre fuimos un trío, un hombre, un perro y su collar, que fuera de ser elegante, no teníamos otra característica notoria que llamara la atención. Y sin embargo, no éramos un trío usual. El amo era un espía que escribía poemas eróticos para las muchas mujeres que conocía, y se jugaba la vida en el trabajo y la cama. El perro que también era espía, además de poseer un sexto sentido, hablaba. Esto, les aseguro que no es ficción, porque yo mismo era su voz.
Sí, soy un collar de perro, pero no un collar cualquiera. Charles Bond, un afamado espía británico, "Charlie" para sus íntimos, me mandó a fabricar para Trueno, su flamante y fiel acompañante, un Labrador de pelo chocolate y patas ligeras, el animal más inteligente que he conocido. No quiero parecer presuntuoso, pero fui hecho de excelente cuero, ahora ya desgastado por el uso y el trajín de los años, y elaborado con sumo cuidado y detalles. Aún conservo los tachones de plata con que me adornaron, que refulgían como diamantes, pero cuyo valor incalculable se debía sólo a su extrema sensibilidad. Eran micrograbadoras de diseño tan impecable, que captaban hasta los murmullos y que raras veces suscitaron sospechas.

Los tres viajábamos de un lugar a otro, y asistíamos a congresos con otros espías y líderes mundiales. Parece insólito, pero teníamos acceso a las Embajadas de muchos países, e inclusive a la Casa Blanca. Claro, en algunas partes la admisión no era tan fácil, nos hacían preguntas y chequeos rigurosos, y sólo tras largas explicaciones, nos permitían la entrada. Sorteábamos peligros y apuros inimaginables, pero en general, nadie sospechaba que ese can bondadoso, de actitud apacible, que se echaba en las reuniones a los pies de su amo, podía relatar con minuciosos detalles todo lo que allí se hablaba.
Mi único amor ha sido Trueno. Yo, en las cosas del querer no soy experto, como lo son Charlie y él, pero me siento tan orgulloso de haber vivido en su compañía y compartido sus aventuras, que deseo que me entierren con Trueno cuando él muera, lo mismo que hacían en ciertos países con las mujeres cuando el marido moría.
Mi dueño me lleva al cuello desde que tenía tres años, y allí sigo luego de diez, pegado a su piel como una lapa, para identificar sus señas. Es que Trueno aún conserva rasgos de su intrépida profesión, y aunque ahora camina con aire fatigado, y sólo persigue mariposas, se resiste a aceptar que es un vejete retirado. Durante la primavera, a menudo se escapa en mi sola compañía, y al contacto del aire fresco recupera los bríos de sus años mozos, y corre veloz por la campiña, y yo, fiel y confiado galopo abrazado a su cuello. Al pie de la ladera toma un poco de aliento, y luego trepa jadeante hasta llegar a la cima. Una vez allí, nos deslizamos veloces al impulso del viento. Claro, es nuestro ritual, siempre y cuando haya buen tiempo.

Vivimos en un pueblito del país de Gales, en una casa preciosa, rodeada de jardines, situada en un campo verde, que en la primavera se llena de flores de mil colores.

Es un lugar algo aislado, hay pocas viviendas en los alrededores. La casa fue un regalo de Charlie a su amante Candy, nuestra nueva ama hace ya cinco años, y allí soñaban con retirarse. Charlie tenía 45 años cuando conoció a Candy y ambos estaban en el apogeo de sus respectivas carreras. Ella una americana de 35, tenía ya en su haber una colección versátil e interesantísima de amantes, que seleccionaba con extremo cuidado. Los prefería casados, pues solían ser los más discretos. "No deseo compromisos..., necesito espacio para mí misma", cuentan que decía. Y no obstante, los años de fatigante experiencia y el tantito de vapuleo que implicaba su ritmo de vida, era una mujer espléndida, con una personalidad muy atrayente. Imagino que fue lo que cautivó a Charlie. También, Trueno y yo nos enamoramos de ella desde la primera vez que la vimos. Nos gustaba su olor a flores, su risa con sonido de cascada, y el brillo que iluminaba su mirada cuando estaba con nuestro amo.

Antes de conocer a Charlie, Candy cobraba por el privilegio de su compañía, y cosa curiosa, no se consideraba una prostituta. Jamás aceptaba dinero contante y sonante por tener sexo, aunque la suma fuera muy alta. Hubiera sido una terrible ofensa. "No, no soy una mujer fácil", decía oronda. Y la verdad, no lo era. Quienes aspiraban al disfrute de sus afrodisíacas delicias pasaban por muchas pruebas y meses de larga espera. Presumo que sería algo parecido a ganarse el premio mayor de una lotería o un trofeo de grandes ligas. Ya para entonces, Candy había obtenido de ellos viajes, joyas, flamantes autos, el título de un piso elegante en el mejor sitio de la ciudad, finos muebles y obras de arte. Es decir, un alto costo por los desaforados delirios de sus amantes, hombres poderosos y cultos, de refinados modales y con una cuenta bancaria mínimo de ocho dígitos. Y como Candy era una viajera incansable, con la misma rapidez que llegaba se volvía humo y lo mismo se establecía en París o Londres, o en Nueva York que en Buenos Aires, según la llevara la marea de sus intereses.
Su carrera amorosa llegó a la cúspide cuando en Washington llegó a ser la amante del mismísimo Presidente de los Estados Unidos. Entonces, sus ambiciones cambiaron. Ahora deseaba ser la Primera Dama del país más poderoso del mundo. Pero esta vez la varita mágica de sus cálculos no funcionó, y después de tres años su sueño se veía lejano. Y una noche, en una de esas fiestas en las que ya se aburría, se topó por azar con Charlie..., y el resto fue historia. Bajo la magia de unos besos y al calor de unas poesías que le susurró nuestro espía, atrás quedaron las estrictas reglas que ella nunca había quebrantado, su cadena de amantes, el Presidente..., y sus ingenuas aspiraciones de llegar a ser su esposa. Para ella todo y todos se evaporaron como un espejismo, sin dejar rastro, ni tan siquiera las huellas digitales. Ah! Chapeau! Qué habilidad la de Charlie, hasta yo me hubiera quitado el sombrero si lo hubiera tenido.
La llegada de Candy también revolucionó nuestras vidas. Los hábitos de nuestro amo se transformaron. En las mañanas temprano, solíamos ir a correr. En cuanto Trueno veía que Charlie se ponía los tenis, iba disparado a buscar la traílla y con ella en la trompa, lo esperaba anhelante cerca a la puerta, y unos minutos después salíamos raudos a ejercitarnos. En cambio, los fines de semana pernoctábamos en casa de Candy. Al llegar allí había gran alborozo. Ella nos recibía siempre linda y sonriente y en cuanto la puerta se cerraba, le saltaba al cuello a Charlie para besarlo, y se le colgaba a horcajadas. Así mismo la llevaba él hasta el sofá más cercano, y una vez allí, también Trueno aprovechaba para demostrarle su afecto con una serie de lengüetazos que le propinaba en la cara y las manos. En las mañanas soleadas de los domingos, Trueno y yo, con la correa ya puesta, esperábamos con paciencia al pie de la cama a que la pareja hiciera su gimnasia, con esa clase de malabares incomprensibles y movimientos extraños con que se suelen ejercitar los humanos. Y, claro, no faltaban las ocasiones en que se les iba la mano y las sesiones matinales se prolongaban con intensos ejercicios aeróbicos. Entonces, observábamos irritados desde el suelo, un remolino de brazos y piernas, que ellos mezclaban con gemidos estrafalarios. Hasta cuando Trueno ya fastidiado se enderezaba y emitía sus propios quejidos guturales. Sólo de esa manera notaban entre carcajadas nuestra olvidada presencia.
A medida que la relación cobró intensidad, los celos de Charlie crecieron en proporción al despego de Candy por el Presidente, a quien ahora evadía o recibía con una actitud helada. Pero deshacerse del asedio de un hombre de esa importancia no era tan fácil como con otros amantes. Charlie también tuvo que echar mano del resto de la prudencia que le quedaba para no afectar su trabajo. No fue difícil para el Presidente confirmar que había sido desplazado por otro en la vida de su favorita, y aunque supo que era un hombre de rango, no conocía su identidad. Sin embargo, le advirtió a ella rotundo: "Pronto sabré con quién me engañas. Entonces, no será extraño que tu querido muera en un accidente..., y sólo cuando yo esté seguro de que está sepultado te dejaría vivir en paz". Charlie no se amilanó ante la amenaza, pero Candy lloraba y era un manojo de nervios. Así, que luego de agónicas consideraciones, los dos concluyeron que encontrarse y amarse era lo mejor que les había sucedido y que lo suyo sería para siempre. Entonces, decidieron que en unos meses nos marcharíamos todos a vivir a Gales. Entre tanto, serían más discretos. Pero después de esa amarga pelea, el Presidente lucía calmado, y me temo que por eso ellos bajaron la guardia. Y un domingo en la mañana, algo insólito sucedió. El Presidente se presentó sin aviso en casa de Candy, e irrumpió iracundo en la habitación. Paralizado por la sorpresa al constatar que el amante era Charlie, vaciló, y éste aprovechó la duda y avanzó decidido hacia él. Con tan mala fortuna que su pie se enredó en la agarradera de la correa de Trueno, que al presintir el ataque a su amo, saltó sobre el Presidente como una tromba, y arrastró a Charlie que perdió el equilibrio y se desnucó contra el borde de la cama.
Siempre hemos sido un trío. Ahora, una mujer derrotada, un perro anciano y cansado y un collar deslucido, de tachones opacos, faltos de vida. Claro, esa es la versión que el mundo creyó. En realidad, somos un alegre cuarteto. Candy, ahora, es la amante de un escritor de novelas de espionaje y poesía erótica, ya cincuentón, que aunque se llama Juan Carlos habla el español con ligero acento. Ella a menudo lo llama "Charlie", y al hacerlo, su mirada se ilumina, y ambos sonríen con aire de complicidad. Quizá el diminutivo les traiga algún cálido aunque borroso recuerdo. Los dos dicen que hace años, él sufrió amnesia temporal por un golpe que se dio en la cabeza, mientras paseaba a su perro.
Trueno y yo todavía dormitamos al pie de la cama de ellos, pero nunca volvimos a usar la correa.
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locaporlaluna dijo
Qué genia del relaaaaaaaaaaaaaato!!!!!! ¡Aplausos!! Si estuviera en un jurado, te daba el primer premio Made ME ENCANTÓ!!! besos
28 Septiembre 2009 | 03:26 AM