CAZADORES "CASADOS"

Queridos amigos: Para vuestra consideración, aquí va otro de los cuentos que he hecho para el taller de Literatura.
CAZADORES "CASADOS"
El ulular del viento por entre los árboles o algo parecido a un murmullo de voces, me obligó a salir de la inconsciencia. Abrí los ojos con lentitud, y me dí cuenta que estaba completamente desnudo en una cama y en una habitación cerrada y oscura, que no eran las mías. Cuando mis ojos se acostumbraron un poco más a las tinieblas, pensé, a juzgar por las paredes de la amplia estancia, que me hallaba en una casa rústica, tal vez en una cabaña. Tenía lagunas mentales, las sienes me repicaban punzantes y la cabeza me dolía como si hubiera recibido un mazazo. Sentía además, la lengua pastosa y un sabor inconfundible en la boca. Supe, entonces, que había bebido y tenido sexo en exceso, como acostumbraba.
Me quedé inmóvil porque noté algo o alguien cerca de mí. En el marasmo brumoso que atravesaba, no sabía si soñaba, si tenía una pesadilla o había sufrido un accidente en medio de una de mis frecuentes borracheras. Busqué a tientas una lamparita de mesa y encendí la luz, y entonces la vi. Allí estaba ella, de pie, descalza, con la oscura melena suelta y una toalla anudada alrededor de su cuerpo, como si fuera una escultura, como si se tratara de un espejismo. Me miraba estática con un brillo extraño en sus ojos, sin decir nada. De repente giró sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta en el mismo instante en que ésta se abrió y se coló por allí el vendaval arrasador de mi desventura. Atónito, paralizado por el horror, comprendí mi miseria de un golpe. Lo que vivía en esos momentos no era sueño o ficción, sólo la más inimaginable de las pesadillas. Tuve el pleno convencimiento de que pronto estaría muerto, y lo peor, que iban a sepultarme literalmente vivo. Vencido, cerré de nuevo los ojos, y dejé caer la cabeza sobre la almohada sin aliento para levantarme. Y tal como afirman aquéllos que se han topado con la cara de la muerte muy cerca, pasó ante mis ojos con la rapidez de un rayo, la película entera de mi propia vida y su macabro final.
Alex Fortuny, el dueño de un influyente periódico de la ciudad, y yo, Julio César Náder, excelso senador, a un paso de ser nombrado gobernador del Estado teníamos muchas características comunes: Ambos éramos hombres de éxito, duros y curtidos por la experiencia, contemporáneos en edad y con carreras brillantes, hechas a pulso, y no caíamos en sentimentalismos ni titubeos ni nos temblaba la mano para hacer trizas a los enemigos. Claro, que yo era más solapado, digamos que actuaba con más elegancia, con más encanto. Y a pesar de las semejanzas fuimos siempre, sin una razón precisa, enconados rivales, que habíamos jurado hundirnos.
Nuestras vidas marcharon siempre paralelas, y sólo coincidieron, cosa irónica, por la mujer que ahondó aún más nuestras rivalidades, la única que verdaderamente los dos deseábamos y con la cual estábamos empecinados. Ella era Vanessa Ashe, una periodista inteligente y experimentada, que trabajaba hacía un par de años para su periódico, ahora ex amante de él, y para mí inalcanzable hasta hacía sólo unos meses.
Fortuny, un hombre obsesionado con su maldito deseo de destapar "ollas podridas" a toda costa, tenía una personalidad bastante difícil. Se había casado tres veces, y su tercer matrimonio había estado a punto de naufragar por culpa de la periodista.
Yo, en cambio, me había casado sólo una vez, con la novia de mi juventud, Melanie, una rubia preciosa, pero frígida y malcriada, como suele ser la prole de millonarios. Teníamos dos hijas de 13 y 15 años, y proyectábamos al mundo, la imagen dorada de la familia ideal con la que muchos soñaban. Las malas lenguas, entre ellas la de Fortuny, decían que era sobre todo el dinero de mi mujer y mi ambición desmedida lo que había contribuido a impulsar mi carrera política. En parte era verdad, como era también que yo había ascendido los empinados escalones hacia la gloria, hasta llegar al punto donde me hallaba, sólo a un tilín de la cúspide, a base de consagración, esfuerzo y tenacidad. Pero aunque mis andanzas de mujeriego y bebedor eran un secreto a voces, a menudo mi poderoso suegro me sacaba de apuros. Mi esposa, naturalmente, miraba hacia el otro lado. Tenía el convencimiento de que a pesar de mis devaneos y aventuras pasajeras, yo era hombre de una sola mujer. Y hasta el momento no se equivocaba.
Conocí a Vanessa mucho antes de que Alex Fortuny lo hiciera. Es decir, antes de que ella empezara a trabajar en su periódico. La admiré como la hembra de ojos y cuerpo felino que era, y me asombró su habilidad para mantener a raya a cierta clase de hombres, ésa a la que yo pertenezco. También me impresionó su inteligencia y su sagacidad como periodista. Entonces, me obsesioné con poseerla. Pero, Vanessa resultó para mí un hueso muy duro de roer. Ella tenía la habilidad de convertir en enanos el ánimo de los gigantes. Hacía caso omiso de mis galanteos, y me desconcertaba con sus extremados cambios de actitud, que iban del genuino interés a la displicencia. Nunca logré ponerla de mi lado. Mi frustración alcanzó su límite, cuando al poco tiempo de trabajar con Fortuny se murmuró, primero en un tono bajo, los frecuentes encuentros de la pareja en una casa que ella tenía en medio de naranjales, adonde acostumbraba aislarse durante el fin de semana, indistintamente a trabajar o a descansar. Luego, ya se gritaba a voz en cuello en los círculos de los que éramos asiduos, que ella era la amante de mi odiado y poderoso rival. La guerra pues ya era oficial, y nos arrojábamos lodo a diestra y siniestra sin detenernos a meditar a quién salpicábamos en la refriega.
Pero este último año todo iba perfecto. Los dioses sin duda me sonrieron, y mi nominación a gobernador del Estado fue bastante fácil. Y aunque hubo complicaciones durante la campaña, capeamos con destreza los temporales y la elección era ya casi un hecho. Por otra parte, los amores de Vanessa y Fortuny adquirieron un cariz tormentoso, gracias a mí. Yo no desperdiciaba ocasión para criticar en público su flagrante adulterio, y aunque el resentimiento y la furia del periodista iban en aumento, al final, presionado por su mujer que lo amenazó con un divorcio sangriento, tuvo que claudicar. Prefirió, entonces, desairar a su amante y cortar la relación por lo sano. Y claro, allí estaba yo, oportuno y solícito para consolar a Vanessa, de quien se rumoraba que estaba desolada por el amargo rompimiento, y que sin embargo, para mi sorpresa me aceptó de muy buen talante. Vivimos tres meses en que ella me hizo sentir en una nube, aunque tuvimos cuidados extremos para no despertar sospechas en nadie. No queríamos tropezar con el despecho y la rabia de un hombre como Fortuny.
A mi estrenado romance se le agregaba otro aliciente: Vanessa me prometía con voz segura y calmada, que ella pondría no sólo a Fortuny sino a todo su elenco de periodistas oportunamente a mis pies..., y debo decir que lo cumplió al pie de la letra: Una voz anónima citó a mi mujer y a mi suegro a una reunión, y tuvo el delicado detalle de invitar también a Fortuny y a su grupo de reporteros y mencionar el atractivo de una primicia! Todos fueron convocados puntualmente un sábado a las once de la noche a una extraña "conferencia de prensa" que se celebraría en una casa situada en medio de naranjales, un lugar demasiado familiar para Fortuny, que por nada se hubiera perdido un compromiso tan intrigante. Nadie faltó a la cita.
Abrí los ojos de nuevo con la esperanza de que lo que ocurría a mi alrededor fuera una alucinación, pero los flashes de las cámaras fotográficas tan potentes como las llamaradas que despedían los ojos de Melanie y de mi suegro, una mezcla de rabia y consternación, y los de mi archi rival de odio y placer, me cegaron por completo y confirmaron la cruel realidad. Un momento después, vi a Vanessa, que ya vestida, sonreía serena y muy satisfecha: Había complacido a los dos eternos rivales, y les había dado lo que buscaban: La única mujer que ambos deseaban y a cada uno de ellos, a su modo, la cabeza de su rival.
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argivo dijo
Interesante el manejo del flash back, y ese hablar desde la primera persona, que en Colombia maneja tan diestramente Fernando Vallejo (La Virgen de los Sicarios, La Puta babilonia, El desbarrancadero). Vas cogiendo pista. Y, para la psicología de los personajes, ahí tienes la pimienta de tu tierra valluna, ve. UN abrazo. Argivo.
13 Octubre 2009 | 11:14 PM