UN AMOR BREVE

Margarita Casanova se puso de pie y avanzó tímida hacia el estrado para rendir su declaración. La sala de la Corte de bote en bote daba una idea clara de lo sonado de su caso. Un murmullo se elevó a sus espaldas y provocó una mirada severa del juez sobre la audiencia, que enmudeció cuando el magistrado solícito, golpeó con su martillo la mesa y pidió orden.
Margarita era una mujer bajita, menuda, de rostro ovalado de porcelana y ojos oscuros y expresivos. Tenía el cabello corto salpicado con profusión de canas y su vestido blanco, impecable, acentuaba su apariencia nívea, casi transparente y angelical. Aunque aparentaba ser menor, tenía ya 70 años cumplidos, de los cuales cuarenta habían sido de feliz matrimonio y diez de "amarga viudez", según afirmaba. Claro, cuando digo "feliz matrimonio" me refiero a la felicidad de ella que era la que en realidad importaba, y en modo alguno hablo de la del difunto marido sobre la que amistades cercanas y conocidos tuvieron siempre fundadas dudas.
El interrogatorio empezó y el abogado defensor le pidió que contara en sus propias palabras lo que había sucedido.
Margarita aspiró profundamente y relató: Robertico Caspa y yo nos conocimos el 28 de Diciembre del año pasado en una fiesta de disfraces. Yo estaba graciosísima, con mi disfraz de colombina, y él, figúrese usted, un hombre de apenas 35 años, lucía muy atractivo disfrazado de zorro, y pareció fascinado cuando me vio. Enseguida me enlazó con su fusta, bebimos champán y nos miramos a los ojos y bailamos apretaditos por unas horas. Más tarde cenamos, intercambiamos opiniones sobre la vida y sus altibajos, bromeamos, reímos hasta desternillarnos, y por fin como la noche aún era larga y se presentaba muy agradable lo invité a que viniera a mi casa a tomarnos otra copa, y él aceptó encantado. Una vez allí, él me pidió que pusiera música suave, y yo accedí emocionada. Luego me senté en la mecedora de mi terraza, y le ofrecí una de las sillas al pie de la hamaca, pero él la rechazó y vino a sentarse a mi lado. Yo me sentía lo mismo que novia virgen en vísperas de su noche de bodas..., observó la señora un tantito ruborizada y entornando los ojos.
En este punto del relato el abogado defensor hizo ademán de intervenir, y la testigo sonrió con amabilidad y le cedió la palabra. - Señora Casanova, díganos si había visto usted al señor Caspa, al menos de lejos, antes de esa noche. Margarita, suspiró y contestó con aire de mujer indefensa: No señor, ya dije que nos conocimos el 28 de Diciembre y que él se mostró bastante amigable.
El abogado defensor prosiguió: Entendido. ¿Qué sucedió después de que él se sentó junto a usted? - Bueno, dijo la declarante roja como una amapola, él me acarició las piernas... El abogado defensor saltó: -¿Y usted señora Casanova, naturalmente, lo rechazó, verdad? Margarita bajó los ojos y con un hilo de voz contestó: -No, señor, yo no lo rechacé. -Ajá, exclamó el defensor, con aire confuso, ¿y por qué no lo detuvo? La señora tartamudeó un poco y dijo: -Bueno, la verdad es que me sentía muy bien, nadie me había acariciado desde que mi esposo murió hace 10 años. El abogado asintió comprensivo. -¿qué sucedió después? Preguntó. Margarita ahora pálida, a punto de desmayarse respondió: Me acarició los senos... -Ajá, repitió el abogado, agitado, ¿y usted señora lo detuvo entonces? - Por supuesto, que no, yo no lo detuve. -¿Por qué? De nuevo inquirió el abogado asombrado. - Bueno, respondió la declarante casi en un éxtasis, como si rememorara la escena: Porque sus caricias me hicieron sentir nuevamente viva y muy excitada. Ya le dije que no me había sentido así en muchos años... Sí, dijo el abogado, es cierto que ya nos lo dijo. ¿Qué sucedió después? -Bueno, dijo Margarita, usted verá..., yo caí en una especie de trance. No sabía ya a que atribuirlo, no estaba segura si él me había dado algo en la bebida, si era el perfume de la noche que me hacía sentir embriagada o era como le digo, la emoción de sus caricias y la cercanía de su aliento en mi cuello. El caso es que yo irracionalmente excitada, conmocionada, fuera de mí, le rogué: ¡Hazme tuya, Robertico, tómame chiquillo travieso, hazme el amorrrr!!! Exclamó la señora apasionada, salida del plato, al evocar esos momentos de total descontrol. Entonces el abogado defensor asintió y corroboró: ¿Y claro, entonces él la tomó y le hizo el amor, verdad?
La mirada de Margarita se tornó afilada, dura, como cuchillo de pedernal, y una mueca de dolor le desfiguró la cara y esfumó su halo de indefensión. -No, dijo con voz ronca y con profundo rencor: No me hizo el amor..., el desgraciado del Caspa resultó ser una caspa. Sólo gritó: ¡FELIZ DÍA DE LOS INOCENTES!!!
¡Y fue allí mismo cuando le disparé y lo maté!!! Añadió en un sollozo.
BIENVENIDOS VUESTROS COMENTARIOS.
NOTA IMPORTANTE: Este cuento lo he elaborado para el taller de Literatura, basada en un chiste que una amiga me contó. La tarea es sobre una historia de "amor" rápida y sorprendente. Confío en que les haya gustado la adaptación.












jotatrujillo dijo
!!!Claro que me ha gustado!!! Uno se olvida del comienzo del relato, tan trascendente para ese final que no debería ser inesperado.
Lea narración te va alejando de la realidad hasta llevarte, en una sola frase, a la cruda realidad del inicio.
El otro día leía, en el suplemento literario de un periódico, que alguien despotricaba en contra de los talleres literarios. Tu progresión es la demostración palmaria de que no levaba razón.
Un abrazo.
25 Octubre 2009 | 06:09 PM