ALUMBRAMIENTO

"En algún momento fui una semilla, que la lluvia regó con sus lágrimas y el sol acarició para que despertara a la vida. Germiné en las entrañas de una Ceiba, de tronco muy joven. Asomé como una hojita tímida, y cada mañana bebí el rocío que el sol me dejaba, y muy pronto me convertí en flor, y de flor me transformé en fruto, y crecí y crecí hasta avasallar al árbol que incapaz de soportar mi peso, dejó que el viento estremeciera sus ramas para liberarse por fin de su pesada carga." Madeleine
ALUMBRAMIENTO
Soy el doctor Garcés y he sido el obstetra durante la mayor parte del embarazo de la joven a punto de dar a luz por primera vez. Llegué a la casa alrededor de las 4 de la madrugada para responder a la llamada de alarma, y casi me tropecé a boca de jarro con el doctor Díaz. Habíamos acordado que él sería mi sustituto en caso de que el alumbramiento se acelerara y yo no pudiera estar presente. Me sorprendió su presencia y pensé que había habido una mala comunicación. Más tarde supe que Díaz y yo no habíamos sido convocados al mismo tiempo por error. La futura madre llevaba ya varios días en intensa labor, y aunque el parto parecía inminente, su sufrimiento se prolongaba sin resultado. Esa madrugada los dolores se hicieron tan insoportables y sus lamentos tan lastimosos, que la madre de ella se desesperó. Su hija lucía como un animalito apaleado y sin embargo su yerno se negaba a "importunar" al doctor, se había dicho disgustada. Por fin, el dolor se hizo tan incontrolable que el marido también asustado resolvió llamarme. Ignoraba que para entonces su suegra le había dado aviso al doctor Díaz. "Esto ya es una tortura. Y no es a mi yerno ni es a los médicos a quienes les duele" había dictaminado, doña María.
El ambiente en la casa era de agitación a pesar de la hora. Una cálida brisa soplaba a través de las ventanas abiertas. La familia entera se hallaba de pie, listos todos a dar la batalla junto con la madre en ciernes. El marido me recibió sonriente y en apariencia tan sereno como acostumbraba. Sin embargo, percibí una nota de profundo alivio en su saludo agradecido, que delataba a las claras su nerviosismo. La suegra con expresión preocupada y evidentes muestras de cansancio en el rostro se movía afanosa de la habitación a la cocina para calmar a la hija e impartir órdenes a las dos niñeras, que diligentes hervían agua y doblaban una pila de toallas blancas, inmaculadas. Una niñita como de 6 años, hija de la hermana mayor de la parturienta, observaba el trajín de los adultos con expresión confusa y somnolienta. Bostezaba de cuando en cuando y se chupaba el pulgar, aferrada a su muñeca y a las enaguas de la abuela o de alguna de las nanas cuando éstas pasaban por su lado. Todas la zafaban con suavidad. "Qué haces levantada a estas horas, niña..., estás que te caes de sueño, vete a dormir, no ves que estamos ocupadas?", le dijo una de ellas impaciente. Pero la nena, que obstinada, luchaba por mantener los ojos abiertos, se encogió apenas de hombros e ignoró la orden. Era obvio que no deseaba perderse pie ni pisada de cualquier cosa que ocurriera.
Entramos a la habitación principal escoltados por el marido. La joven esposa se hallaba rendida en la cama con la cabeza reclinada sobre las mullidas almohadas de fundas blancas. Su madre, solícita, le limpiaba el sudor que le empapaba la frente. - Ya están aquí los médicos..., ves? tienes dos a falta de uno, le observó con tono satisfecho y tranquilizador mientras hacía ademán de incorporarse, y miraba a su yerno con ojos de reproche. La joven nos sonrió débilmente, parecía una niña asustada metida en un terrible aprieto. Yo la tomé de las manos y le dije con voz segura, que infundía confianza: -Tranquila, todo irá bien. Doña María tiene razón..., ya estamos aquí para ayudarte. El marido tomó el lugar que su suegra había dejado, y acarició a su mujer con ternura.
Terminábamos de prepararnos cuando unos golpes urgentes en la puerta del pasillo que conducía al baño, y la voz angustiada de doña María anunció que su hija ya había roto la fuente. Entonces la agitación alcanzó tal punto de descontrol que las escenas se sucedían como una comedia o un cuento de tiras cómicas. Todas, la suegra, las nanas y la sobrina revoloteaban por la habitación como mariposas alocadas alrededor de la parturienta que lloraba desconsolada. Sentí que había llegado el momento de hacerme cargo de la situación y con amabilidad pero con firmeza saqué a Doña María de la alcoba, y con ella en racimo a la nieta colgada a su falda y a las confundidas nanas. Sólo permaneció el marido que a no ser por su palidez, trajeado como estaba ahora con las mismas ropas que usábamos nosotros para atender el parto, inclusive yo hubiera apostado que se trataba de un tercer médico.
El alumbramiento fue breve y sin dificultad, y en esos momentos la joven madre pareció transformarse. Todo su temor, sus lágrimas y sus quejidos se desvanecieron como por ensalmo. Dio tres o cuatro pujos intensos y el llanto de su hija recién nacida tan persistente como el suyo antes, inundó la estancia y nos taladró los oídos. La madre era ahora una rosa pálida y desmayada sobre una sábana de nieve manchada de carmesí. Con rapidez y eficacia cortamos el cordón umbilical y lavamos y envolvimos a la recién nacida, que sólo dejó de llorar cuando la depositamos en los brazos de su feliz y recién estrenado padre, que conmovido la contempló por unos instantes y luego tembloroso la puso en el seno de su mujer. Es un niño? Preguntó ella aún con los ojos entrecerrados. No, dijo él con la voz queda y la respiración entrecortada, es una niña. Ella permaneció inmóvil y guardó silencio por un breve espacio de tiempo. La tensión del padre aumentó, y a mí se me antojó que hasta la bebita parecía expectante. Entonces, luego de unos segundos que parecieron eternos, la madre abrió los ojos y la tomó. Un río de lágrimas afloró en sus ojos al contacto con la bebita. Una niña, repitió con asombro y la dí a luz yo solita! exclamó ahora regocijada. Los tres hombres nos miramos, como para digerir la observación y soltamos al unísono una carcajada. Entonces el doctor Díaz abrió intempestivamente la puerta de la habitación, y la suegra, las nanas, la sobrinita y su muñeca, todas se derrumbaron hacia dentro como fichas de dominó.
Nota: Es un cuento que nos pidieron para el taller de Literatura y que por tener para mí un significado especial le dedico a todas las madres primerizas, a las que ya son y a aquellas que pronto tendrán la dicha de serlo.
BIENVENIDOS VUESTROS COMENTARIOS








jotatrujillo dijo
Tus dotes de observación y tus recuerdos, han debido ser determinantes para la concreción de esta historia.
Brillante, como siempre.
Un abrazo.
2 Noviembre 2009 | 06:02 PM