UN PUERTO LLAMADO LIBERTAD

Queridos amigos (as)
El cuento que hoy someto a vuestra lectura y comentarios, es la tarea de la tertulia del próximo viernes 26 de Marzo. Lo que nos pidió Chely (la directora del grupo) esta vez, fue escribir una historia a partir de un cuadro del que el/la protagonista formara de alguna manera parte. Espero que les guste.
UN PUERTO LLAMADO LIBERTAD
El cuadro se llamaba "Un puerto llamado Libertad", y contenía la clave de su vida, aunque Alma Beatriz vino apenas a comprenderlo en esa tarde de Enero. Se lo regaló Camilo, un mes justo antes de abandonarla, cuando celebraban un aniversario más de los muchos años de feliz noviazgo que llevaban. Era una preciosa marina, con cuatro barcas entrelazadas que flotaban a la orilla de un mar profundamente azul e inconmensurable. Cuatro gaviotas sobrevolaban los botes en un cielo imposible, arrebolado por una gama de amarillos, violeta y naranjas. Maravillada, se vio así misma, a Camilo y a sus padres, los tres seres que más amaba representados en cada barca.
De más está decir que el rompimiento de su noviazgo fue un golpe brutal e inesperado. Camilo que hacía el internado para graduarse de médico, se enamoró de otra estudiante, bastante coquetona, con muchas millas de experiencia a su favor, independiente y determinada.
Alma Beatriz no comprendió por qué su mundo perfecto se hizo añicos sin previo aviso, y peor, sin un motivo aparente por su parte. Venía de una familia unida y muy extensa de seis hijos, dos varones y cuatro mujeres, de los cuales sólo ella y su hermano menor todavía residían con sus padres. Y aunque ella tenía un trabajo bien pagado, en el área de lo que había estudiado, y edad suficiente como para independizarse, prefirió seguir en la antigua casa paterna, porque además del calor de hogar al que estaba acostumbrada, vivir con ellos le permitía viajar, comer en los restaurantes de moda, vestirse con ropas caras y otros gustos que ella sola no habría podido pagarse.
Con el naufragio de su noviazgo, el cuadro que Camilo le regaló perdió su encanto y la vida amorosa de Alma Beatriz empezó a ir en declive. Primero tuvo a Mauricio, un arquitecto, alto, guapo y divertido, que vivía en Estados Unidos. Naturalmente, por la distancia, la relación no prosperó y se quedó apenas en el entusiasmo de unas semanas de vacaciones. Luego vino un abogado, recién separado, lleno de conflictos sentimentales y sin un peso, al que ella cansada de escucharle quejas le sugirió amablemente buscarse una sicoanalista, que era lo que en realidad necesitaba. Más adelante fue el Guille..., ah, el Guille, loco, simpático y lleno de plata, lástima que fuera tan feo, feísimo, tanto que la química no funcionó. Y por fin, conoció a Gustavo, profesional, peligrosamente atractivo, romántico, el único que revivió la pasión que una vez sintió por Camilo. Pero Gustavo, _ ¿por qué siempre habrá un pero?_ se preguntaba Alma Beatriz con desconsuelo..., él, que era todo lo que ella anhelaba y era además amigo de su hermano menor y de su familia, tenía una novia en otra ciudad hacía ya muchos años. Y sobre la conciencia de Alma pesó la opinión de los suyos y sus propios escrúpulos, y se dijo que no iba a hacerle a otra lo que a ella le habían hecho y que siempre juzgaría tan despreciable. Así que renunció a Gustavo, quien no se casó con la novia de toda la vida, sino con otra, y para colmo de ironías, al poco tiempo.
Luego vino la crisis de empleos, y Alma Beatriz perdió su trabajo, y aunque más tarde consiguió otros, ninguno era tan bien remunerado como el que tenía o dentro de su profesión como publicista. Para completar sus desgracias, su padre murió de repente y su hermano voló enseguida del nido. Y entonces, atrás quedó ella, en ese caserón solitario, que a cada instante le recordaba el tiempo que había pasado, y parecía lamentarse y llorar con sus propias pisadas. Y aunque nada material le faltaba, allí relegada como una sombra, poco a poco se convirtió a los ojos de su familia en la compañera permanente y casi obligada de su madre.
Por fin, un buen día vendieron la casa y se compraron un apartamento pequeño, pero cómodo, moderno y lleno de luz, en donde el cuadro que Camilo le había regalado recobró de nuevo su magia. Y muchas veces al pasar por enfrente de él, Alma Beatriz se detenía y lo contemplaba absorta, porque sentía que la pintura le hablaba cada vez de una forma más insistente. Y claro, es que a partir de la mudada, la atmósfera en la que ella se desenvolvía era notablemente mejor. Había comenzado un trabajo en ventas, que hasta el momento le gustaba y resultaba satisfactorio, pero en cambio su vida emocional parecía cada vez más estancada. Sus salidas con personas del sexo opuesto eran ya nulas, e inclusive con otras amistades estaban cada vez más limitadas. Sin darse cuenta, su diario vivir giraba sólo en torno al cuidado de su madre: Viajes con ella a la peluquería, al médico, a los bancos, paseos con la familia, y así. Y no era que Alma Beatriz no lo hiciera con gusto, porque ella ciertamente amaba a su madre, pero con excepción de una sola de sus hermanas, Patricia, la única que se brindaba a darle una mano, la actitud de los demás era insultante. Resentía también el proceder de su madre, que la colocaba en segundo plano si las hermanas mayores caían en una de sus visitas sorpresa y peor si eran los varones los que aparecían porque entonces, ella se volvía invisible a los ojos de su mamá, que era capaz de modificar o abandonar los planes que las dos ya habían hecho para atenderlos.
_Total, si a ti te veo todos los días y a ellos no_ le decía.
_Claro, mamá, yo soy la tediosa rutina y los demás son la novedad _ ¿no es verdad?
_Ay! Alma Beatriz, cada vez te pones más agria _ comentaba alguno de los hermanos.
Pero esa tarde de Enero, en que por una celebración especial toda la familia se hallaba reunida, Alma Beatriz se detuvo ante el cuadro, con la mirada perdida, y para asombro de su madre y de sus hermanos, preguntó en voz alta:
_Bueno, ¿y cuándo será mi turno?
_ ¿Su turno de qué? _ pareció ser también la aterrada pregunta que se hicieron todos, que sin embargo, permanecieron callados, petrificados, y creyeron que Alma Beatriz desvariaba _. Entonces, el hermano menor rompió el pesado silencio:
_Se lo dije, mamá, que hemos debido desaparecer ese cuadro, porque ella iba a terminar desquiciada por los malos recuerdos _. Pero Alma Beatriz que había encontrado por fin la respuesta, lo fulminó con la mirada y con voz helada dijo:
_No voy a permitir que me roben mis sueños..., con excepción de Patricia, ninguno de ustedes ha comprendido que soy la hija, pero no la sirvienta ni la esclava de mi mamá.
Y diciendo esto, se volvió pequeñita a la vista de todos, tan diminuta que pudo trepar al marco del cuadro, e inclinarse hacia la orilla para soltar una por una las amarras de las cuatro barcas. Al final, se subió en la que quedó más cercana, y se alejó remando, remando con mucha calma hasta perderse decidida y sonriente en el horizonte.
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la_vida_bella dijo
me encantó, me conectaste desde el principio, es maravillo empesar la semana asi , cuidate besos deksde Venezuela
22 Marzo 2010 | 03:48 PM